
Uno de los momentos que han marcado un antes y un después en la utilización de música en el cine fue cuando en vez de acoplar a las imágenes una banda sonora encargada a un compositor profesional, en su lugar se partió de una grabación comercial preexistente de música clásica y a partir de ella se añadió la imagen. Ese momento quedó registrado en la memoria de mucha gente en el año mágico de 1968, cuando se estrenó una de las películas más importantes que se hayan filmado en la historia del cine: 2001, una odisea del espacio de Stanley Kubrick; importante, por supuesto, por muchos más motivos aparte del empleo de la música, un empleo que cuenta como precedente más claro con Fantasía de Walt Disney, salvando las distancias entre la imagen real y los dibujos animados.

Gary Cooper nació el 7 de mayo de 1901 en la pequeña ciudad de Helena, capital del Estado de Montana. En realidad, se llamaba Frank James Cooper y era el segundo hijo de un matrimonio de emigrantes ingleses. Su padre, Charles Cooper, era un abogado de Birmingham que había decidido probar fortuna en el Nuevo Continente ante las halagüeñas perspectivas que un hermano suyo le había hecho concebir acerca de lo que entonces se conocía como «fiebre del oro». No obstante, al poco tiempo, se impuso su espíritu práctico y decidió ejercer su antigua profesión, llegando a ser juez del Tribunal Supremo de Montana.
Mientras que su padre se adaptó bastante bien a la nueva situación -gustaba recorrer a caballo los grandes espacios libres de su Estado y acercarse a los poblados indios de las colinas próximas a su ciudad-, su madre no acababa de acomodarse a una civilización que consideraba salvaje, y en su fuero interno soñaba con regresar algún día a sus raíces. Deseaba para sus dos hijos una educación similar a la que ella recibiera en su puritano Kent natal y no cejó hasta persuadir a su marido para que consintiera en que los chicos se trasladaran a estudiar a Inglaterra.

"Odié ser pobre. Odié ser campesino. Odié ser un chico voceador de prensa atrapado en el ghetto siciliano de Los Angeles. Mi familia no sabía leer ni escribir. Yo quería salir de allí. A toda velocidad.” Así se veía Frank Capra como inmigrante en los Estados Unidos. Había llegado allí en 1903 con seis años, junto a sus padres y tres hermanos. Dos se habían quedado en Sicilia y Ben, el sexto, les esperaba en el puerro de Ellis lsland, en Nueva York. La atmósfera de la aduana no debió de ser muy diferente de la presentada por Francis Ford Coppola en El padrino II, cuando Vito Corleone llega al Nuevo Mundo. Los hermanos de Frank se pusieron a trabajar, pero él quería una educación.
Sus aptitudes para las ciencias le encaminaron al Instituto de Tecnología de California, se costeó los estudios con trabajos muy variados. Cuando murió su padre, Frank se convirtió en la esperanza de la familia: él era el "chico listo", con estudios de ingeniería química, que sacaría adelante a los demás. Por ello sorprendió a todos cuando, en vez de aceptar apetecibles ofertas de trabajo, se alistó en el ejército: eran los años de la I Guerra Mundial. Al regreso del servicio, se encontró con algunos reproches familiares: las oportunidades de empleo se habían esfumado. Su madre, piadosa católica, le defendía: "No tengo miedo. Dios me ha hecho fuerte. Frankie es diferente, como su papa. Yo rezo, aunque Dios no responda”. Después de una enfermedad que casi le lleva a la tumba, dejó el hogar: sólo volvería como triunfador.

Cuando llenaba la pantalla con arrolladora exuberancia nada podía anunciar que Harlow se convertiría en una de las figuras más patéticas de la historia negra de Hollywood. Aunque su enfermedad no parecía excesivamente espectacular (un desafortunado ataque de uremia), sus consecuencias fueron fatales. Y cuando se apagaron los esplendores de su cuerpo, las malas lenguas revelaron que, tras los destellos más rutilantes, bien podía esconderse una escabrosidad para uso y abuso de revistas sensacionalistas. Un par de biografías con aureola de escándalo sexual forjaron para la posteridad una sucia leyenda. La criatura dorada que fue Harlow pasó a engrosar la lista de víctimas del falso sueño de Hollywood, como una Gail Russell o una Frances Farmer. Pero éstas no llegaron a alcanzar la fama, y Harlow, por el contrario, se convirtió en mito. Ni siquiera un escándalo anterior consiguió descomponer la imagen de diosa del sexo que el público se había formado de ella (el escándalo consistía en un marido que se suicidó al descubrirse impotente).

Un director -John Ford- mítico, un animal de la pantalla -Wayne- y unos actores secundarios extraordinarios, además de la historia de Alan LeMay, conforman este título mítico del western. La búsqueda, a través del salvaje Oeste y durante siete años, de una niña secuestrada por los comanches, es el nudo central que mueve a los personajes, auténticos Centauros del desierto.

El divino melodrama del Hollywood clásico, que sostienen ingenios universales como William Wyler, George Stevens, Billy Wilder y más cultivadores constantes, tuvo también francotiradores ocasionales de lujo, como John Ford, que adornó su colección de westerns y películas de aventuras con dos o tres grandes melodramas y uno, Las uvas de la ira, del ramillete de los geniales.

A los aficionados al cine español no solía gustarnos nada". Así comienza el novelista Muñoz Malina un artículo, casi ensayo, publicado en la revista Nickel Odeón. Para los que estábamos, y seguimos estando, dentro de ese cine, el comentario no puede ser más desolador. Pero hay algo más desolador aún, y es que a una buena parte de los que hacíamos aquel cine, sobre todo entre los que podíamos considerarnos jóvenes por no haber pasado aún de los cuarenta, tampoco nos gustaba. Ni las películas que hacían los demás, sin contar con uno, ni la mayoría de aquellas en las que se había pedido nuestra colaboración y gracias a las cuales vivíamos y trabajábamos en lo que teóricamente nos gustaba, aunque sus resultados muchas veces nos produjeran sonrojo y tristeza. Algunos hemos tenido suerte, se ha reconocido nuestro esfuerzo, hemos sido populares y se han elogiado nuestros aciertos cuando los hemos tenido. Puede ser mi caso; mas, a pesar de ello, confieso que nunca he podido librarme de una oscura melancolía por haber contribuido a la mala fama del cine español. Por eso me ha conmovido la actitud que manifiesta ante él un intelectual de la talla de Muñoz Molina.

Si una obra maestra consiste en la caza al vuelo de lo tangible o lo inapreciable, la realidad fabulada, inventada, soñada por otros, fosilizada por los siglos de los siglos, eternizada hasta el último suspiro del horizonte, la vida y nada más, en fin, y retorcerle las entrañas, buscarle las esquinas al círculo concéntrico y enfocar otro prisma del dodecaedro infinito, maravillosamente infinito, no hay lugar a dudas: La delgada línea roja es una maldita obra maestra.

Malick es un director venerado sin haber redondeado una película completa en tres intentos, escogidos cuidadosamente y rodados en condiciones de producción absolutamente favorables. Malas Tierras es James Dean más Nicholas Ray y estilo nouvelle vague, un capote sin la sangre de éste y un Bonnie y Clyde sofisticadamente culto: los amantes perseguidos y delincuentes bailan bajo las estrellas de la pradera A Blosson fell cantada por Nat King Cole. Días del Cielo vuelve a ser Ray, Gigante y nouvelle vague, con fotografía de Almendros and aliii, estética New Deal y referencias entre Willa Carther y Stcinbeck, Balzac y Zola light. Las dos están impecablemente diseñadas, puestas en escena con inteligencia y compromiso emocional y todos sus actores están espléndidos. Pero una y otra, sobre todo Días del Cielo, no consiguen funcionar como una película sino como secuencias y acaban deshilachándose.

Lo recuerdo perfectamente. Roland Barthes y Umberto Eco ya habían denunciado por entonces las intolerantes estructuras narrativas binarias (¡binarias!) del superhombre de masas creado por Ian Fleming en 1953, en plena guerra fría; y la guerra fría, por su parte, ya no era asunto de moda o de jaleo en las carteleras, títulos y titulares, en plena sangría del Vietnam y otros célebres debacles tan unilaterales. Por otra parte, los disparates cometidos en el llamado Tercer Mundo por las grandes potencias (quiero decir, por los países productores y exportadores de películas maniqueas justificadas por villanos de raza afroasiática); disparates occidentales que por entonces comenzaban a divulgarse en los medios transformaban al Doctor No y sus viperinos colegas en auténticos hermanitos de la caridad. Por último, pensaban los productores que tenían en su poder los derechos de las novelas de Fleming, era matemáticamente imposible que las aventuras de Bond, al cabo del enorme éxito de las historias fundacionales del mito (007 contra el Dr. No, Goldfinqer, Desde Rusia con amor), pudieran dar mucho más de sí, estirarse otra temporada. Incluso Sean Connery estaba de acuerdo con la trama asesina, viendo cómo el personaje que tanto había colaborado a diseñar lo devoraba lenta, inexorablemente.

Murió el dictador y se llevó con él la tijera de la censura. El cine abanderó el subsiguiente descenso a los 'infiernos' morales. Mujeres desnudas y hombres en calzoncillos inundaron las pantallas de la España de los setenta. El estreno de 'Los años desnudos', de Dunia Ayaso y Félix Sabroso, recrea esos años. Viajamos atrás en el tiempo al destape del cine español.
La historia del destape del cine español, incluso la historia del cine español sin más, es la historia de los supervivientes de una industria acosada desde diversos frentes y poco apreciada por la intelligentsia nacional. Dos décadas antes, en 1955, las gentes del oficio con mayor conciencia crítica habían señalado en Salamanca: "El cine español actual es políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico", conclusión que, al menos en parte, podría aplicarse al tiempo que recrea y recuerda Los años desnudos, de Dunia Ayaso y Félix Sabroso, con Goya Toledo, Candela Peña y Mar Flores como protagonistas: la época del cine español que, tras la muerte de Franco, inundó las pantallas de damas en ropa interior, de damas sin ropa y de machos ibéricos de mediana estatura, pelo en pecho y en calzoncillos: profesionales del onanismo.

Cuando la mítica diseñadora de vestuario Edith Head subió al escenario para recoger la octava y última estatuilla de su carrera, no pudo menos que exclamar: "Imaginad, vestir a Newman y Redford, los hombres más guapos del mundo, y además conseguir un Oscar". El golpe y El exorcista fueron las más nominadas (diez candidaturas cada una) en 1973. Finalmente acabó venciendo El golpe, totalizando siete premios de la Academia. El filme protagonizado por tan famoso binomio obtuvo los Oscar a la mejor película, director, banda sonora, guión original, montaje, dirección artística y vestuario. Redford, nominado como mejor actor, fue derrotado por el Jack Lemmon de Salvad al tigre.