
En estos días se cumplen 70 años del estreno de «Lo que el viento se llevó» y el nacimiento de su leyenda. Se trata de uno de los grandes títulos de la historia del cine y conserva ese toque que hipnotiza al espectador desde la primera secuencia. ¿Su secreto? La mágica mezcla de su guión, la galería de personajes y los chismes sobre su rodaje. Todavía hoy intriga el «casting», porque dado el gran éxito editorial de la novela de Margaret Mitchell, todos (actores conocidos o recién llegados) soñaban con estar en los títulos de crédito. De todo este baile de nombres se hace eco, de una manera amena y divertida, Elisa Agulló en «Se las llevó el viento», un libro que cuenta todos los detalles del proceso de selección de Rhett Battler y Scarlett O´Hara.

Ocurre en el arte y en la vida que determinados creadores y seres anónimos que están lejos de la perfección, en los que transiges con sus defectos casi tanto como admiras sus virtudes, poseen el don de enamorarte siempre, conectan con tus fibras más íntimas, te hacen sentir, se te pone un nudo en la garganta cuando desaparecen de este mundo, mantienen un lugar imborrable en tu memoria, los vas a echar de menos hasta tu último día.

Con Iván Zulueta desaparece un visionario excéntrico al discurrir prosaico del cine español, un experimentador iluminado que ha producido una obra tan escasa como preciosa e irrepetible. Y no sólo por su actividad en la producción cinematográfica, sino también en las artes plásticas, el cartelismo (carteles de Furtivos, Viridiana, Maravillas, Entre tinieblas) e, incluso, por su opción de un estilo de vida, bohemio, marginal, drogadicto y autodestructivo. Su producción se remonta a sus incursiones con una cámara de super 8 mm en su tierra, antes de emigrar a la capital y luego saltar a Nueva York, para vivir el mundo del pop-art desde su interior, admirar la eclosión de la cultura underground y observar el nacimiento del cine de vanguardia que estaba surgiendo como réplica al comercialismo de las factorías de Hollywood. Tras su paso por la Escuela Oficial de Cinematografía y sus colaboraciones con Jaime Chávarri, José Luis Borau le produjo su primer largometraje profesional, Un, dos, tres, al escondite inglés (1969), una cinta musical desaforada y teñida por su imaginativa sensibilidad pop, con Patty Shepard y Judy Stephen, que no fue cabalmente valorada. Luego colaboró, y no es irrelevante, con cineastas de la talla de Pedro Almodóvar (como operador en su etapa underground) y con Ricardo Franco, como ayudante de Los restos del naufragio (1978).

Últimamente, cuando se le llamaba a su casa donostiarra, Iván Zulueta ponía vocecita de anciana y se hacía pasar por su abuela. «No, Iván, no estaá…». Era una faceta más del ostracismo por el que había optado, en una obstinada misantropía que le hacía evitar a las amistades y cualquier asomo de vida social. Pero por fin en San Sebastián se le iba a hacer el homenaje merecido hace tiempo, con toda su obra pictórica y cinematográfica, como me contaba el perseguidor de mitos Luis Gasca hace pocos días, invitándome a acudir. Era una cuenta pendiente de su ciudad natal, tras varios ensayos en el Festival de San Sebastián, con el que siempre tuvo una extraña relación de amor-odio. Todavía recuerdo cuando, en alguna antigua edición, tenía que colarle en las fiestas, a las que no estaba invitado y en las que era casi considerado persona non grata. Pero así es la grandeza del artista singular e indómito al que nunca nadie pudo meter en vereda. La calidad del maldito que acaba siendo objeto de culto.

Odio caer en el tópico de lanzar a los cuatro vientos las múltiples cualidades de alguien cuando éste ha muerto. Es como si la muerte redimiera al finado de su lado malo y su ausencia de este mundo le purificara para la eternidad. Iván Zulueta ha muerto. Joven, como seguramente era previsible.

En 1964, apareció en la Escuela Oficial de Cinematografía un chico de San Sebastián, alto y desgarbado, de porte elegante, con una gran sonrisa que mostraba una enérgica dentadura. Iván Zulueta pronto se reveló como un tipo de alumno que no respondía a los modelos que bullían entonces en la EOC. Ni le interesaba la política ni mostraba la menor inquietud por incorporarse a la profesión. Su relación con el cine no se cocía en la reflexión, tampoco se dibujaba como una meta. El cine se diría que flotaba a su alrededor, de un modo ligero, distendido, evanescente, al tiempo que conformaba el propio aire que él respiraba.

Imposible no recordar a Iván Zulueta en albornoz azul, en la casa recubierta de hiedra de su familia en San Sebastián, filmando con una pequeña cámara digital, con la felicidad de volver a mirar a través de un objetivo. El precioso documental de Andrés Duque, «Iván Z», lo devolvió a la vida pública por unos meses mientras él actuaba con una mezcla de pudor y orgullo, saliendo de su particular torre de marfil para demostrar que fue un maldito casi a su pesar. Lo habíamos perdido para la causa del cine español desde los años de «Arrebato», había recogido sus cuernos de caracol para convertirse en mito de una época. Era tarde para saber qué habría ocurrido si, después de esa disección del cine como ejercicio vampírico y retorno al paraíso envenenado de la infancia, hubiera seguido dirigiendo.

Madrid - Genial, huraño, original, caótico, huidizo... Iván Zulueta respondió a todos los tópicos del talento, el de verdad, el que no se profana con exhibicionismos sino que se invierte en crear. Director de culto, cartelista (suyos son algunos de los pósters de filmes de Almodóvar y Borau) y diseñador gráfico, creador libérrimo del experimentalismo y la vanguardia en los años 70 y 80 en España, Zulueta falleció ayer en San Sebastián a los 66 años. Deja una carrera larga pero poco prolija, en la que sobresalen un puñado de títulos y, entre ellos, uno, «Arrebato», una joya del cine español.

Madrid - «En un intento desesperado por ser arrebatado al otro lado del espejo». Con esta frase concluía Iván Zulueta la sinopsis de Arrebato. Lo hacía de su puño y letra sobre las últimas páginas del guión. En ese instante preciso, la película cumplía la profecía. El director, nacido Juan Ricardo Miguel Zulueta Vergarajauregui en 1943, era literalmente vampirizado por su propia obra. Arrebatado. Nunca más volvería a rodar (salvo un par de trabajos para televisión). Jamás regresaría del otro lado. Y en el medio, y para siempre, la película más influyente, relevante e inclasificable que ha dado el cine español. De culto, dicen las almas paganas. «No me arriesgo a verla mucho. Me duele demasiado», dijo en su última comparecencia el año pasado.

En un principio, la guerra había sido un tema espinoso para el cine americano, pero tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Hollywood se lanzó a él poniendo toda la carne en el asador.
Para comprender por qué Estados Unidos tardó tanto en entrar en la II Guerra Mundial, hace falta pensar en el terrible espectáculo de los doce millones de parados en el duro invierno de 1932-33 y en los diez millones que todavía había en 1938. El shock para la mentalidad americana fue enorme y profundo, y habría de tener repercusiones a largo plazo.

Jennifer Jones obtuvo el Oscar con sólo 23 años, cuando fue elegida para encarnar a la angelical Bernadette Soubirous en La canción de Bernadette (1943), a las órdenes de Henry King, quien tres años más tarde la dirigió en Duelo al sol, donde compartía estrellato con Gregory Peck. Esta película, con su alto voltaje erótico, devino uno de los westerns más famosos de Hollywood. Candidata al Oscar en cuatro ocasiones por Desde que te fuiste (John Cromwell, 1944), Cartas a mi amada (William Dieterle, 1945), la mencionada Duelo al sol y La colina del adiós (Henry King, 1955), Jennifer Jones falleció a los 90 años el pasado jueves, en su residencia de Malibú (California).

Ha sido durante tres décadas un monolito del humor: el símbolo reconocible de la comedia americana con más predicamento entre el gran público. Aterriza como puedas o Agárralo como puedas son sólo dos de los títulos que lo han convertido en una leyenda del género, un genio del rol humorístico que junto a ZAZ (acrónimo del trío formado por Jerry Zucker, Jim Abrahams y David Zucker) fue capaz de patentar un patrón cinematográfico único, aplicado después hasta la saciedad. Un modelo que encadenaba chistes a destajo, saltándose cualquier esquema previo. Se llama Leslie Nielsen (Canadá, 1926) y acaba de interpretar un cameo en la película Spanish movie.

A Ebenezer Scrooge, ese anciano mezquino y tenazmente casado con la soledad, que tuvo la suerte de que cuatro compasivos fantasmas se le aparecieran la noche de Navidad en su sombría casa y le llevaran de salvador viaje revelándole su monstruosidad, sus heridas de infancia, el reencuentro con las personas y las cosas que pudieron cambiar su inútil existencia, la alegría de los desamparados en esa fecha ritual, la posibilidad de cambiar su relación con el mundo y de conocer un poco de felicidad antes de abandonarlo, le han interpretado en el cine actores tan gloriosos como Albert Finney y Michael Caine, este último en exótica compañía de los Teleñecos. Y lamento no haber visto nunca las previsiblemente sabrosas creaciones de personaje tan goloso que también hicieron otros actores insignes y de personalidad inquietante como George G. Scott y John Carradine.

Los Ángeles - Aunque el nombre de Jennifer Jones (Oklahoma, 1919) no sea de los primeros que les venga a la mente cuando se evoca a las estrellas de Hollywood, su rostro seguro que les remitirá a decenas de fotogramas con aroma clásico. Esta morena de voz ronca y presencia etérea, como la describieron los expertos de la época, estuvo, según algunos, a la sombra de Bette Davis, Katharine Hepburn e Ingrid Bergman entonces, pero su figura se ha ido revalorizando con los años. De su valía como actriz da idea el Oscar que recibió por la cinta biográfica «La canción de Bernardette» (1943), en la que interpretaba a la campesina francesa que se le aparecía la Virgen de Lourdes durante el siglo XIX. Pero también las otras cuatro ocasiones que se vio entre los nominados: «Desde que te fuiste» (1944), «Cartas a mi amada» (1945), «Duelo al sol» (1946), «La colina del adiós» (1955).

Ramatuelle, 25 de noviembre. Ramatuelle es un pueblecito de origen medieval, de calles angostas y empedradas, rodeado de viñedos que bordean el mar. Situado a ocho kilómetros de Saint-Tropez, en la Costa Azul, Ramatuelle es un lugar de veraneo en el que el matrimonio Philipe, Anne y Gérard, suelen pasar algunos días del estío, en especial a mediados de agosto, cuando el actor suele refugiarse allí con su mujer y sus hijos una vez terminados sus compromisos con el Théâtre Nacional Populaire (TNP), en el festival de Aviñón.
En Ramatuelle los Philipe poseen un mas. Allí Gérard se relaja con su familia y sus amigos: Vercors, René Clair, el poeta René Char, algunos compañeros de farándula… Frecuenta con sus hijos la playa del Escalet, lee guiones cinematográficos, cocina para sus amigos, y hace de payés. Gérard se ha comprado un tractor del que se siente muy orgulloso. Al atardecer, antes de cenar, suele ir a tomar una copa al Café de l’ Ormeau, en la plaza del mismo nombre, en el pequeño corazón de Ramatuelle.

Barcelona - Para aquellos que nacieron en 1989, Silvana Mangano puede ser una perfecta desconocida, a menos que estén interesados en el mundo del cine. Fue una atípica estrella de la pantalla, surgida con el fenómeno de las misses de concursos de belleza y de las maggioratas, señoras espectaculares con los que la cinemotografía fomentaba el interés de los cinéfilos masculinos,

Si existe un film realmente mítico, una película que resuma por sí sola la época dorada el «gran Hollywood», que ilustre el por qué de la fascinación que el cine ha ejercido sobre varias generaciones de espectadores, ésta es sin duda alguna Lo que el viento se llevó. Aureolada por el prestigio de diez Oscars y de su clamoroso triunfo en todos los puntos del globo en que ha sido estrenada, la película de David O. Selznick, puesto que de un film «de productor» se trata, ha conocido numerosas reposiciones, coronadas invariablemente por el fervor popular. De todas ellas, sin embargo, me atrevería a asegurar que la última ha superado todas las previsiones. Inmensas colas se han formado a diario para asistir a las dos únicas sesiones que la duración del film permitía. En pleno verano, con la mayoría de los cines más vacíos (todavía) que en invierno, Lo que el viento se llevó ha arrastrado una vez más a las multitudes.

Nueva York. Orson Wells decía de ella que era una actriz soberbia. "Es una de esas mujeres que mantiene una relación especial con las cámaras". Se refería a Vivien Leigh y su comentario se produjo casi dos décadas después de que el personaje de Scarlett O´Hara resistiera a todo Lo que el viento se llevó. Y sigue resistiendo. Hoy se cumplen 70 años del estreno en Atlanta de una de las películas "más grandes" del universo cinematográfico, una de las pocas que le ha disputado a la obra maestra de Welles - Ciudadano Kane- el título de mejor filme de todos los tiempos.

Constituye «La guerra de las galaxias» un éxito de taquilla sin apenas precedentes en el mundo entero, una película espectacular y divertida que tiene aventura, humor, acción y, lo que es más importante, imaginación. Una imaginación volcada hacia la técnica, apoyada en ella, que juega con razas humanoides, espadas láser, naves capaces de penetrar el hiperespacio, computadoras perfectísimas y robots, sin olvidar héroes y princesas que necesitan ser rescatadas, en el juego eterno del bien que se opone al mal y triunfa.
Como espectáculo, «La guerra de las galaxias» tiene perfecciones y trucos variados expuestos con una vistosidad inigualada hasta el momento, que no tiene precedentes válidos, aunque haya en ella acentos de una parte considerable de la historia del cine en materia de «magia fílmica», de sorpresa conseguida a través de la imagen que, de realidades y fantasías, permite y ofrece el cine.

Hace ya muchos años, cuando las galaxias de los niños eran aún lejanos fuegos fríos, las revistas a ellos dedicadas, aquí abajo, en la Tierra, se animaron de pronto con la aparición de ciertos nuevos héroes. Fue la época de Flash Gordon, cuyas aventuras, más allá de los astros, -como estas guerras estelares de a hora, forjaron en torno a su figura un halo heroico que ningún otro personaje de ficción conseguiría emular en la imaginación de los muchachos. Por entonces la ciencia-ficción comenzaba su camino en España, todavía de la mano de Julio Verne o de E. Rice Burroughs. Los grandes autores que vinieron luego, con Bradbury a la cabeza, trajeron para los gustos infantiles y para los que contaban los años más allá de los treinta, más de ciencia que de ficción, más de cálculo que de novela.

«La guerra de las galaxias» viene precedida de una gran fama de atracción taquillera. Parece, según la propaganda, que varios centenares de miles de personas la han visto en todo el mundo. Y se espera que en España suceda otro tanto. Por lo pronto, las enormes entradas del viernes, sábado y domingo han sido verdaderamente excepcionales. Y eso que la cinta se ha estrenado, al propio tiempo, en dos salas de un enorme aforo.
El interés de la película no responde, sin embargo, a la expectación que ha despertado. Se trata, simplemente, de un filme de aventuras, situado, caprichosamente, en lejanas galaxias. Pero la trama argumental, poco imaginativa, está más bien falta de emoción que lo contrario.

Una película de ciencia-ficción, impregnada del viejo aroma de los tebeos de Flash Gordon, y realizada con un derroche de maquetas y efectos especiales, que tienen muy poco que envidiar a los inolvidables de 2001: una odisea del espacio, ha conseguido, en sólo unos meses, batir todos los records de taquilla en Estados Unidos. Star Wars (Guerra en las estrellas), es un cuento de héroes y villanos, en el que no falta la princesa raptada, el malvado que quiere dominar el universo, la batalla espacial, y el joven enamorado de la princesa que, en el último momento, conduce a los «buenos» a la victoria.

¿Qué es la ciencia-ficción «cyberpunk»? Esta es, sin duda, la primera pregunta que quizá muchos espectadores europeos se hagan cuando llegue a las pantallas del viejo continente una película tan singular como The Matrix. En el prólogo del libro «Mirrorshades: the cyberpunk anthology», interesantísima selección de relatos «cyberpunk» donde figuran nombres como William Gibson, Tom Maddox, Pat Cadigan, Lewis Shiner o Paul de Filippo, el erudito inglés Bruce Sterling apunta: «...ciertos temas centrales aparecen con frecuencia en el "cyberpunk": el problema de la invasión del cuerpo por prótesis e injertos, circuitos implantados, cirugía plástica o alteración genética. Similar o más poderosa es la invasión de la mente: interfaces cerebro-ordenador, inteligencia artificial, neuroquímica..., técnicas que redefinen radicalmente la naturaleza humana (...) Los "cyberpunks", como grupo, explotan la veta tradicional de la ciencia-ficción. Así, de la Nueva Ola tenemos que mencionar el agudo ingenio callejero de Harlan Ellison, el esplendor visionario de Samuel Delany, la vertiginosa locura de Norman Spinrad, la estética de rock de Michael Moorcock, la osadía intelectual de Brian Adiss y, siempre, J. G. Ballard. De la tradición más clásica contamos con la perspectiva cósmica de Olaf Stapledon, la política ficción de H. G. Wells, las sólidas extrapolaciones de Larry Niven, Paul Anderson y Robert Heinlein», Lo «cyberpunk» es, en definitiva, una reformulación hard, y mucho más atenta a la evolución tecnológica que ha sufrido la humanidad los últimos veinticinco años, de la ciencia-ficción clásica. Una especial caja de Pandora donde toman forma los demonios tecnológicos del ser humano.

A finales del último verano, el Festival de Cine Americano de Deauville rindió un homenaje a Joseph L. Mankiewicz, que comenzó con la proyección de «Eva al desnudo», a la que presentó, en el escenario del cine del casino, su propio creador, quien se llevó una ovación de lujo que resquebrajó bastante su actitud un poco escéptica ante la vida.
A la salida me acerqué a él y le solicité una entrevista. Rodeado como estaba de admiradores y amigos, me contestó que no iba a tener mucho tiempo libre, pero que lo intentaría. Me presentó a su relaciones públicas y quedó en ponerse en contacto conmigo en cuanto le fuera posible. Pasaron los días y no recibía ningún recado. Mankiewicz se dejaba ver poco, y el penúltimo día, cuando pensaba que ya se habría marchado, recibí un mensaje donde me comunicaba me esperaba esa misma tarde en su suite del hotel Normandy. Eran ya las dos, y corriendo me precipité al Normandy. En el hall me esperaba Suzy, la relaciones públicas, que me llevó hasta las habitaciones de Joseph Leo. Nos sentamos en el salón. Saqué el magnetofón y una foto suya, que había llevado desde Madrid, hecha durante el rodaje de «Cleopatra», Se la mostré, la miró y empezamos la entrevista.