Miércoles, 08 de Septiembre de 2010
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Alfred Hitchcock
30 Aniversario de la muerte de Alfred Hitchcock

“Cómo escojo a mis heroínas” por Alfred Hitchcock


Alfred Hitchcock

Una cosa que tengo siempre en cuenta a la hora de escoger a mi heroína es que tiene que gustar a las mujeres antes que a los hombres, porque las mujeres forman las tres cuartas partes del público medio de cine. Por esa razón ninguna actriz puede ser una buena propuesta comercial como heroína de una película, a menos que guste a su propio sexo ¡Que tomen nota las aspirantes a la pantalla! Esta afirmación será probablemente rechazada por los defensores de la escuela física del arte de la pantalla, que afirman que el sex appeal es la característica más importante que puede poseer una actriz de cine, pero ignoran el hecho de que las estrellas femeninas cuya popularidad ha sido más duradera, como Mary Pickford, Lilian Gish, Betty Balfour, Pauline Frederick y Norma Talmadge, no tienen ningún sex appeal, por lo menos en el sentido en que se utiliza esta palabra en el lenguaje de hoy. Ellas deben su éxito no sólo a su talento y a sus encantos naturales, sino al hecho de que aparecen siempre en papeles que, en el plano de la sugestión y la perfección del juego, apelan a lo mejor de la naturaleza humana.

LA FALSA IDEA DEL SEX APPEAL

Los cínicos pueden sonreír ante esta afirmación, pero no pueden negar su verdad, de la misma forma que es innegable el hecho de que cada artista llevado al éxito en razón de una supuesta superabundancia de sex appeal «tuvo –según palabras del viejo Ornar Khaya'm- su pequeño momento y luego siguió su camino». Utilizo el verbo en masculino para que la cita sea correcta, pero abarca también a las actrices. Metafóricamente, como siempre, porque, como productor, los privilegios de los que gozan los actores de la profesión más fascinante me han sido, desgraciadamente, rehusados.

Volviendo a mi acostumbrada seriedad, como merece el grave tema en discusión, pienso que la mayoría de las mujeres, sin distinción de clase, son idealistas. Sin lugar a dudas no ponen jamás ellas mismas en práctica sus ideales, a menudo no pueden hacerlo, pero realmente les gusta verlos personificados por sus heroínas favoritas del cine, y he oído hablar de cierto número de casos, especialmente en los ambientes más humildes, en los que las madres han intentado moldear la conducta y los sentimientos de sus hijas sobre los que ellas imaginaban pertenecer a sus estrellas favoritas, y, cuando existía ya un parecido físico o psicológico, entonces ellas afirmaban orgullosamente: «¿No es cierto que nuestra Nelly se parece a...? La misma mirada, el mismo pelo, la misma alegría y el mismo amor por los animales...», o algo parecido. Las mujeres pueden tolerar la vulgaridad en la pantalla, pero nunca cuando está encarnada en su propio sexo, porque están hechas de forma tal (¡Benditas sean!), que no pueden evitar el pensar que una ostentación de este tipo degrada a las mujeres en general.

UNA CHICA REALMENTE AGRADABLE

Tanto física como mentalmente, la heroína de la pantalla, hoy en día, no sólo tiene que ser una chica decididamente agradable, sino que tiene que tener vida, tanto en los ojos como en la voz. El reinado de las heroínas puramente pictóricas ha terminado.

Escoger a una heroína para la pantalla, es mucho más difícil que escoger una para el escenario. En ambos casos, por supuesto, tienen que saber interpretar y poseer una voz adecuada, pero las condiciones requeridas difieren. La seducción conferida por el escenario es necesariamente artificial, ayudada materialmente por la distancia entre el público y los actores. De forma que una actriz de mediana edad, moderadamente guapa, puede a menudo conseguir parecer joven y hermosa. En cambio, la pantalla no dispone en absoluto de «distancia para hechizar la vista», porque los acontecimientos que muestra son llevados por lo general tan cerca de los espectadores, que el rostro de la heroína se encuentra de hecho a sólo unos metros de los que están en las últimas filas. Por consiguiente, tiene que poseer una belleza real y una juventud real; las simulaciones serían descubiertas de inmediato. Por esta razón la carrera profesional de una heroína cinematográfica no sobrepasa casi nunca la docena de años, y, en el caso que sus cualidades no se acerquen a las de las damas mencionadas al comienzo de este artículo, no dura más que unos tres o cuatro años.

HEROINAS DE UN METRO CINCUENTA Y DOS

Además de las cualidades que he enumerado, una heroína de la pantalla no  debería superar la talla mediana. Realmente, la pequeñez es una gran ventaja. Una actriz pequeña no sólo es mucho más, fácil de fotografiar –especialmente en las escenas rodadas en primeros planos, que aquellas cuya «figura se eleva hasta una altura imponente»-, sino que es más agradable para el público, que adora ver la cabecita rizada de la heroína acurrucándose contra el pecho viril del héroe. Treinta centímetros, y le haría parecer fácilmente insignificante. Es la razón por la que prácticamente toda actriz llegada al éxito en las pantallas gracias a papeles románticos o que apelan a los sentimientos, se encuentra en el grupo de las bajitas. Las aspirantes a la pantalla de una talla superior a la media, puede que lo pongan en duda, pero no tienen más que estudiar las páginas de este trabajo de consulta, tan documentado y completo, para encontrar confirmación a mis palabras (1).

Y, último punto, pero no menos importante: me es necesario saber si mi eventual heroína responde bien a la dirección de actores. En otros términos, si es la clase de chica que puedo conseguir se parezca a las heroínas de mi imaginación. Requiriéndose esta combinación de cualidades ¿Nos podemos sorprender de que las heroínas de la pantalla de primera clase sean casi todas raras como el proverbial dodó (2) o de que los productores cinematográficos parezcan de vez en cuando preocupados?





30 Aniversario de la muerte de Alfred Hitchcock

Con la Muerte en los Talones


Cartel Promocional de CON LA MUERTE EN LOS TALONES

De Con la muerte en los talones está dicho todo por el inglés Robin Wood, el americano Bogdanovich, el manchego G. Redondo, el tarifeño Carreño y los críticos franceses.

Pero la película es absurda. Presupone que un individuo cualquiera, un contemporáneo nuestro, está a merced de las grandes agencias de investigación internacionales, de las sociedades secretas, de las redes de espionaje, que pueden alterar o destruir su vida. Se supone que los enemigos de la CIA y la CIA pueden ponerle a usted o a Roger Thornhill (Cary Grant) la muerte en los talones. En fin, eso es tan inconvincente como que quienes deciden la culpabilidad, la inocencia, la persecución, la suerte, la muerte de los individuos, puedan actuar según criterios arbitrarios o inexplicables o torcidos, y no con un rigor perfecto. Si el público puede perdonar la inexactitud del mensaje de Hitchcock, estará preparado para asistir a la huida y defensa de este individuo imaginario, Roger Thornhill, de una serie de amenazas y peligros debidos a motivos que ni le van ni le vienen. El espectador podrá trasladarse desde un mundo donde no existen las organizaciones ocultas al universo ficticio de Con la muerte en los talones, donde sí existen víctimas propiciatorias y sociedades anónimas homicidas.

El publicitario Roger Thornhill, de carácter pícaro, infantil e irresponsable, está siguiendo sus rutinas cuando es inexplicablemente asaltado por unos pistoleros. Claro, que todo el mundo de dentro de la pantalla, aunque no lo sepa el de fuera, sabe que en realidad Roger Thornhill no es pícaro, ni infantil, ni irresponsable, ni siquiera publicitario, sino el sagacísimo agente Kaplan. Pero el mismísimo Roger Thornhill opina, sin embargo, en contra de sus vecinos de pantalla, y al lado de sus vecinos de patio de butacas y gallinero, que él no es el agente Kaplan. ¿A quién intenta engañar? ¿O a quién intenta engañar Hitchcock? Una cosa está clara. Uno de los dos miente. Pero el público sabe que Cary Grant nos ha mentido durante décadas, es un consumado embustero, mientras que Hitchcock siempre ha dado satisfactorias explicaciones de su actos ¿O es que sería yo capaz de engañar a los lectores?

Efectivamente, la carrera de mentiras no ha hecho sino comenzar. Va a mentir Cary Grant, o sea, Roger Thornhill, y el cortés James Mason, o sea, el maléfico Philip Vandam, y su amiga Eva Marie Saint, o sea, Eve Kendall, y el culebril Martin Landau, o sea, Leonard, y Platt y Tremayne, que creo que son de la CJA. Hay que estar listo para recibir embustes.

Lo peor de Con la muerte en los talones, peor que esa inconcebible suposición de que los individuos están indefensos frente al azar y a los intereses políticos, y peor Que tanto engaño ingenuo, es la dimensión dinámica y visual de la película, que discurre por demasiados escenarios, fatigando la atención del público. Los rascacielos de Nueva York, el edificio  de la ONU, una galería de subastas de arte, un campo de barbecho sin nada que fumigar por avionetas fumigadoras, trenes y estaciones, una mansión según planos de Frank Lloyd Wright, un albergue «alpino», las montañas Rushmore. Bastante tiene el espectador con descubrir minuto a minuto una verdad nueva y tener siempre que conformarse con ser el hombre que sabía y sabe demasiado poco.

Bueno, yo no creo que tengan razón quienes admiten que Con la muerte en los talones es un buen pasatiempo, la verdad sea dicha. Digo que es la angustia de vivir, en broma. Porque, como divertimento que es, por un lado tiene gracia, pero por otro, maldita la gracia que tiene, como decían en un autobús socialista unos traidores sabios a un sabio traicionero.

Ciertamente pienso que tomarse las cosas a broma (como hacen los inconscientes de Roger Thornhill, durante la subasta de cuadros, y Cary Grant durante un rodaje profesional) no puede resultar útil para nadie. Me refiero en el otro lado de la puerta del cine, lejos de esa función de asesinos, entre gente razonable. Es tanto como creer que, pisando en un terreno simbólico, quiero decir, se puede escapar de una persecución entre abismos. Yo nunca le pisaría la cabeza a ningún presidente de los Estados Unidos, como hacen Cary Grant y Eva Marie Saint en esta película falta de sugerencias. Es un terreno inestable, nada propicio. Tan imbécil como echarle carreras a un avión. Cosa de mentalidad de cinco años, impropia de un señor mayor, como el guionista Ernest Lehman. Todo tan falso como cuando Clara Thornhill (Jessie Royce Landis), la madre de Roger, les pregunta delante de su hijo -en un ascensor- a los asesinos: «Señores, ustedes no están tratando realmente de matar a mi hijo, ¿verdad?». Los asesinos, estimulados por la presencia de testigos en el ascensor o apiadados de la incertidumbre del gesto de la frívola madre, se callan ¿Qué querría ella que contestaran? Todos los actores presentes se ríen de la audacia del guión, según exige el guión. Pero a Roger Thornhill no le hace la cosa ninguna gracia. A los asesinos, verdaderamente tampoco: por eso se ríen de la falta de gracia, para que no se note que no les hace gracia, con lo que descubren que la cosa tiene gracia para ellos.

Sólo Roger discrepa. Como Con la muerte en los talones es una película que fácilmente se olvida, por eso la reponen de vez en cuando. Es plásticamente anodina. Si fuera profunda, no habría que volverla a ver. Las películas profundas se graban a fuego en la memoria y no hay que volver a verlas. Yo pocas veces vuelvo a ver una profunda. Las recuerdo lo suficiente y bastante. Pero Con la muerte en los talones es otra cosa, ¡como es ligera! y, además, eso del atractivo de lo que ha quedado anticuado. Porque esta película no es moderna para nada.







Alfred Hitchcock, gritando a los fotógrafos en el Festival de Cannes de 1972

El más profundo y temible investigador de las tinieblas, el hombre adiposo que hubiera cambiado su talento por tener la apariencia de Cary Grant, el artista cuya mayor preocupación era el resultado económico de sus criaturas se largó de este mundo hace 30 años. Un 29 de abril, en primavera. Pero su cine se disfruta más en invierno, lo relacionas con la noche, con el insomnio y la pesadilla, con la geografía física y emocional en la que mejor se desenvuelven los monstruos.

Cuentan sus biógrafos más penetrantes, incluido el denso y complejo retrato que le dedicó Donald Spoto, que en la personalidad del gran showman había más sombras que luces. Algo transparente observando su afición al tenebrismo, a que los villanos sean infinitamente más cautivadores que los buenos, al jugueteo perverso con las emociones del mirón, a su capacidad para fijar imágenes intemporales en su retina y castigarse con sensaciones desasosegantes. En mi caso, Hitchcock ha logrado desde la primera vez que disfruté y sufrí Los pájaros que nunca me vuelva a fiar de animalitos tan inofensivos, que cierre las ventanas cuando se congrega un grupo de pajaritos en la terraza de mi casa, o que se me acabe la ensoñación ante un paisaje idílico y salga de irracional estampida al percibir que unos cuantos de esta especie se han empeñado en hacerme compañía. Por si acaso. Cualquier persona medianamente sensata que haya visto al travestido Norman Bates en Psicosis sabe que en soledad o acompañado es aconsejable cerrar con llave o pestillo la puerta del cuarto de baño. Por si acaso. Esas sensaciones no solo están relacionadas con el miedo. Los que no saben ni quieren resignarse a la pérdida del ser más amado pueden entender cristalinamente el estado sonámbulo de James Stewart en Vértigo, la inconsolable desolación de ese tipo que vaga por San Francisco con la expresión alucinada de un niño perdido. También conviene huir como del demonio cuando un encantador extraño intenta establecer comunicación contigo en un tren. Puede enredarte en un juego macabro para asesinar cada uno a la mujer del otro. Tampoco hay que concertar una cita en un lugar campestre en el que estés a la intemperie, ya que el monstruo que pretende devorarte puede atacarte desde el aire con un disfraz de avioneta fumigadora.

Nadie ha sabido contar mejor que él una historia o una secuencia sin necesidad de recurrir a la palabra. Su cámara poseía un lenguaje incomparable, era cine puro y duro. El gran experimentador hubiera disfrutado con el progreso de los efectos especiales, con los retos técnicos, con las virguerías digitales, pero a condición de tener un material tan sólido como turbio que desarrollar, suspense dosificado, atmósfera. Era el rey haciendo complicados movimientos de cámara, pero también en plano y contraplano. Siempre con un propósito, el de convencernos sin esfuerzo de que el cine puede ser el mayor espectáculo del mundo.

El malicioso y divertido William Goldman mantiene la teoría de que Hitchcock fue un director genial hasta que Truffaut le convenció de que todo en su obra guardaba relación, de que había creado un universo con sello intransferible. A fuerza de insistirle, la vanidad del que solo se consideraba un notable artesano acabó convenciéndose de que era un artista con claves. A partir de entonces su expresividad se amaneró y hacía cine pensando en la opinión de los críticos. Es algo tan mordaz como inexacto. A Hitchcock solo le interesaba el público de cualquier parte. Estaba convencido de que lo único imperdonable era aburrirle. Misión cumplida. Te sigue perturbando, conmoviendo, admirando.





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