Miércoles, 08 de Septiembre de 2010
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La Guerra de las Galaxias


Cartel Promocional de época de LA GUERRA DE LAS GALAXIAS

Constituye «La guerra de las galaxias» un éxito de taquilla sin apenas precedentes en el mundo entero, una película espectacular y divertida que tiene aventura, humor, acción y, lo que es más importante, imaginación. Una imaginación volcada hacia la técnica, apoyada en ella, que juega con razas humanoides, espadas láser, naves capaces de penetrar el hiperespacio, computadoras perfectísimas y robots, sin olvidar héroes y princesas que necesitan ser rescatadas, en el juego eterno del bien que se opone al mal y triunfa.

Como espectáculo, «La guerra de las galaxias» tiene perfecciones y trucos variados expuestos con una vistosidad inigualada hasta el momento, que no tiene precedentes válidos, aunque haya en ella acentos de una parte considerable de la historia del cine en materia de «magia fílmica», de sorpresa conseguida a través de la imagen que, de realidades y fantasías, permite y ofrece el cine.

Pero, además, la película constituye para el aficionado una apasionante mezcla de recuerdos y homenajes, de inspiraciones y antecedentes, cocinados con rara e infrecuente habilidad, como un compendio de temas, situaciones y personajes vestidos con los originales ropajes de una especialísima forma de ciencia-ficción, de «tebeo», con visos futuristas. Porque en «La guerra de las galaxias», en su historia —la del joven Luke Skywalker, que en compañía de un viejo guerrero parte al rescate de la princesa Leía, a derrotar al todopoderoso Moff Tarkin, destruyendo su imperio galáctico-dictatorial en favor de la libertad y el individualismo— se da cita una multitud de géneros, desde el «western» al cine bélico, pasando por la comedia romántica y la aventura, sin desdeñar lo puramente cómico, y, con ellos, las correspondientes escenas clásicas —la del «saloon», la del combate aéreo, la de la persecución angustiosa en la habitación cuyas paredes se aproximan para aniquilar a los héroes, la de la lucha final entre dos poderosos esgrimistas— aderezadas con las variantes que el ingenio de George Lucas y de su equipo han conseguido aportar.

Así, el «saloon» es multi-espacial y «muíti-especial», situado en un planeta perdido, con raros ejemplares de habitantes de ojos hexagonales, de trompas de mosquito o de peludas y gigantescas formas. Y, así también, los «cazas» del combate aéreo responden a lo más sofisticado y adelantado que la imaginación haya podido concebir, con la ayuda de computadoras como copilotos, mientras las espadas de rayos permiten imaginar a unos combatientes, mezcla dé caballeros templarios y de ingenieros electrónicos del mañana.

El mayor mérito de George Lucas —a cuya inteligencia y saberes cinematográficos hay que rendir tributo de admiración— reside en el acoplamiento perfecto de sus colaboradores, en la tremenda labor de síntesis, en la elaboración de esas escenas conocidas y en la originalidad de presentar un universo completo, con sus reglas y sus circunstancias, cercano al hombre de hoy, pero que es capaz de brindarle sugerencias y caminos de asombro. Con Lucas, la heroína no responde a los clichés más o menos clásicos de cualquier género —ni es la criatura pasiva ni la sustituía del hombre, como antítesis—, pero el cuento de hadas tampoco deja de serlo por haber cambiado sus elementos más tradicionales, por haber incidido en el dominio, con todo poco explorado, de la ciencia-ficción.

Para Lucas, el mal ha de ser siempre vencido por el bien. Y, por ello, «La guerra de las galaxias» es ciencia-ficción optimista, positiva, en lugar de convertirse en suma de negros vaticinios hacia una Humanidad que camina sin pausa a su propia destrucción. Lucas nos presenta una sociedad de un futuro más o menos cercano como si viviésemos en ella, con acento de presente y con aire de uso, tal y como nos verían hoy los habitantes de hace ochenta, cien o doscientos años, si pudiesen acercarse a nuestra realidad, con unas naves velocísimas, pero abolladas, con unas ciudades de aspecto cotidiano, no como si acabasen de salir de las manos de los decoradores, y unos trajes más o menos espectaculares, pero acomodados a un uso habitual.

Así, «La guerra de las galaxias», con sus personajes de una pieza, con sus perfecciones técnicas, su inaudita espectacularidad y su aparente sencillez, queda como un hito en el cine de ahora mismo que acaso marque una fecha para la historia del séptimo arte. Hablar de la excelente dirección de actores, de la prodigiosa fotografía, del suntuoso y eficaz montaje y de la música, asimismo, suntuosa y adecuada, no sería más que subrayar desde otros ángulos las excelencias del filme, que cabe recomendar, sin distinción, a todos los públicos que conserven ilusión por el cine y tengan la suficiente inocencia como para sorprenderse por lo que aparece sobre una pantalla y gozar con su sorpresa.





"LA GUERRA DE LAS GALAXIAS"

Más allá del bien y del mal


Cartel Promocional de época de LA GUERRA DE LAS GALAXIAS

Hace ya muchos años, cuando las galaxias de los niños eran aún lejanos fuegos fríos, las revistas a ellos dedicadas, aquí abajo, en la Tierra, se animaron de pronto con la aparición de ciertos nuevos héroes. Fue la época de Flash Gordon, cuyas aventuras, más allá de los astros, -como estas guerras estelares de a hora, forjaron en torno a su figura un halo heroico que ningún otro personaje de ficción conseguiría emular en la imaginación de los muchachos. Por entonces la ciencia-ficción comenzaba su camino en España, todavía de la mano de Julio Verne o de E. Rice Burroughs. Los grandes autores que vinieron luego, con Bradbury a la cabeza, trajeron para los gustos infantiles y para los que contaban los años más allá de los treinta, más de ciencia que de ficción, más de cálculo que de novela.

¿Hasta qué punto puede considerarse La guerra de las galaxias un filme para muchachos? En la medida en que los niños son capaces de reaccionar ante los mismos sueños y los mismos terrores que los adultos, en cuanto necesitan, más allá del bien y del mal, llenar, como el ilustre carbonero, de fantasías su cabeza.

George Lucas lo ha comprendido así y buceando en su propia juventud, en sus propios mitos y en sus propios héroes, ha sacado a la luz un conjunto de temas fantásticos, más o menos tradicionales. Tomándolos, escribiéndolos de nuevo, recreándolos, les ha otorgado una especial profundidad, agrupándolos en torno a conceptos simples y eternos como el Bien y el Mal, su lucha más allá del tiempo, en el espacio, el uno como paladín de una Humanidad conservadora y valerosa; el otro, espejo de un mundo alzado sólo a la medida de señores y siervos, rebelde contra las reglas de un universo estable.

Defensor, a su modo, de los valores religiosos, creyente en una Razón superior, el joven protagonista, heredero de virtudes y valores de ese universo conservador, e empuñará las armas para rescatar a la princesa en poder de la estrella rebelde como un nuevo San Jorge, dotado de escudo y armas espaciales.

Se trata, pues, de un filme para niños que esconde más allá de sus grandes perfecciones técnicas y artísticas un fondo político explícito en el que el dios de las batallas se da la mano con el dios de los creyentes en actitudes con resonancias de cruzada, en cierto afán por mantenemos alerta, con el arma a mano y el espíritu tenso, contra las turbias asechanzas de oscuros poderes capaces de minar o hacer saltar la base estable de una futura y universal democracia.

George Lucas ha sabido humanizar este tipo de historias sin restarle interés ni volver romas las claves del relato y sin caer tampoco en ningún tipo de frialdad o esquematismo. Ha traído su propio universo de ideas simples y gran espectáculo, hasta nosotros, actualizando a su modo los libros de caballerías y las historias de guerra de las que es buena parte la segunda mitad de la película. Lo ha realizado con medios técnicos excepcionales, con unos cuantos actores de poco nombre en tomo a dos clásicos: Alec Guines y Peter Cushing, con entusiasmo y humor y, a la vez, con la ingeniosa aportación de dos robots que esconden en su interior gris y dorado dos buenos cómicos, aquí sin rostro, y cuyos nombres son Anthony Daniles y el enano inglés Kenny Bader.





Crítica de Cine, 1977

«La guerra de las galaxias»


Cartel Promocional de época de LA GUERRA DE LAS GALAXIAS

«La guerra de las galaxias» viene precedida de una gran fama de atracción taquillera. Parece, según la propaganda, que varios centenares de miles de personas la han visto en todo el mundo. Y se espera que en España suceda otro tanto. Por lo pronto, las enormes entradas del viernes, sábado y domingo han sido verdaderamente excepcionales. Y eso que la cinta se ha estrenado, al propio tiempo, en dos salas de un enorme aforo.

El interés de la película no responde, sin embargo, a la expectación que ha despertado. Se trata, simplemente, de un filme de aventuras, situado, caprichosamente, en lejanas galaxias. Pero la trama argumental, poco imaginativa, está más bien falta de emoción que lo contrario.

George Lucas, realizador y guionista del filme, a quien conocemos por otra película excelente —«American Graffity»—, no llega en este caso al gran acierto de Stanley Krubrick en otro filme igualmente de ciencia-ficción, como era «2OO1, una odisea del espacio». La ambición de hacer algo «patente» no ha sido menor, pero en el acierto no se ha llegado a tanto.

Esta guerra galáctica no pasa de ser un simple cuaderno de aventuras, semejante a un tebeo». Se intentan en ella muchas cosas —aspectos románticos, novelescos, cómicos y hasta sociales, pero en realidad lo único que triunfa de verdad es su carácter de pieza de ciencia-ficción, y por consecuencia, los artilugios técnicos, mecánicos, luminotécnicos, aeronáuticos, etcétera. En suma, lo que se puede hacer con trabajo, paciencia y dinero. Y a este efecto, no se debe olvidar, que la cinta ha costado seiscientos cincuenta millones de dólares, y que se ha trabajado en su elaboración más de dos años.

La trama se centra en la aventura de un tirano absorbente, megalómano, que ha inventado el rayo de la muerte y que se propone imponer su dominio en el universo entero. Frente a él se alza un grupo de rebeldes, amantes de la libertad y de la justicia, que Conspiran para derrotarle.

La lucha entre el tirano y sus enemigos tiene mucho de novela de aventuras. Cada uno emplea los recursos que le proporciona la ciencia cibernética: los computadores, los condensadores, los robots, los artefactos aeronáuticos, los rayos laser, la electrotécnica... Tras una electrizante batalla librada en el espacio, los rebeldes, que en este caso son los «buenos», vencerán al tirano.

La historia es, dentro de su aparatosidad, lo suficientemente convencional y artificiosa para que sus efectos emocionales sean más bien moderados. Por lo demás, como exploración del futuro, George Lucas no ha inventado nada. O poca cosa. Porque sobre éstos o parecidos «ingenios» futuribles ya se ha fantaseado largamente, y a estas alturas, ya no impresionan nada o casi nada. Sin contar con que las «invenciones» de Lucas no incurren demasiado en la novedad.

Mover el mundo fantástico que se ha creado para esta película —robots, «androides», aparatos voladores, seres alucinantes, etc.— ha debido costar bastante esfuerzo. Y esto es lo que hay que celebrar más en el empeño de su realizador. La paciencia, la técnica, el dominio de la cibernética y el derroche de dólares... Derroche del que parece que ya, por fortuna para él, se va resarciendo.







Mark Hamill, Carrie Fisher, Peter Mayhew (Chewbacca) y Harrison Ford posan en una foto publicitaria de época

Una película de ciencia-ficción, impregnada del viejo aroma de los tebeos de Flash Gordon, y realizada con un derroche de maquetas y efectos especiales, que tienen muy poco que envidiar a los inolvidables de 2001: una odisea del espacio, ha conseguido, en sólo unos meses, batir todos los records de taquilla en Estados Unidos. Star Wars (Guerra en las estrellas), es un cuento de héroes y villanos, en el que no falta la princesa raptada, el malvado que quiere dominar el universo, la batalla espacial, y el joven enamorado de la princesa que, en el último momento, conduce a los «buenos» a la victoria.

Para George Lucas, guionista y director del filme, y ya conocido en España por su obra anterior, American Graffiti, la película es simplemente una rememoración de las fantasías de su infancia, alimentadas en las novelas de misterio, aventuras y ciencia-ficción, y muy especialmente en los comics de Flash Gordon.«Al principio -explica George Lucas-, quería hacer una película más de Flash Gordon, pero no pude obtener los derechos sobre el personaje. Entonces comencé a investigar y descubrí dónde había obtenido Alex Raymond (creador inicial de Flash Gordón) la idea para su personaje: la serie de novelas de tema espacial de Edgard Rice Burroughs (autor de Tarzán) y concretamente de la serie marciana, protagonizada por John Carter. Más tarde descubrí que Burroughs se había inspirado en una novela de Edwin Arnold, titulada Gulliver en Marte, que apareció en 1905». A diferencia de las novelas de Julio Verne, en ésta aparece por vez primera un héroe luchando contra criaturas del espacio y ocurren aventuras en otro planeta.

Desde enero de 1973 hasta marzo del año pasado, Lucas trabajó ocho horas diarias en el guión de Star Wars, que reescribió cuatro veces. Al mismo tiempo, un numeroso equipo técnico realizaba las maquetas y decorados y otro localizaba exteriores en tres continentes, desde el medio-oeste norteamericano, hasta el desierto del Sahara. Para interpretar los principales papeles, Lucas buscó a dos veteranos: Alec Guinness y Peter Cushing, junto a tres actores desconocidos: Mark Hamill, Harrison Ford y Carrie Fisher, esta última, hija de Debbie Reynolds y de Eddie Fisher.

El resultado de estos años de trabajo es una espectacular aventura intergaláctica, cuyo éxito está provocado a partes iguales por los 360 efectos especiales incluidos en el filme, y por la desbordante imaginación de la historia. Rayos laser, naves espaciales, extrañas criaturas planetarias, monstruos que acechan en las tinieblas, y un par de robots que han superado en popularidad a los actores de la película, crean un clima de aventura y fantasía como desde hace muchos años no se había producido en Hollywood.

Millones de norteamericanos han seguido ya, con emoción, las aventuras de Luke Skywalker, el joven e ingenuo idealista que por amor a la princesa Leia se enfrenta al Caballero Negro y al tiránico gobernador Tarkin. Tras incontables aventuras, persecuciones y combates en los que el suspense se alterna con gags humorísticos, se llega a la espectacular batalla final, en la que los rebeldes, dirigidos por Skywalker, se enfrentan a las naves espaciales del Imperio Galáctico...

El éxito de Star Wars comienza a calificarse ya como un fenómeno sociológico equiparable quizá al producido el pasado invierno por la emisión de la serie televisual Roots (Raíces), una saga de una familia de esclavos negros, que reavivó a nivel social la polémica sobre el racismo y la discriminación. Los especialistas aseguran que Lucas ha conseguido con su película devolver al cine su carácter de juguete, del «mayor juguete jamás inventado por el hombre» y restituirle su condición de medio en el que, para decirlo con palabras del propio director de Star Wars, «el hombre puede expresar sus fantasías, proyectar sus sueños y sus pesadillas y ver realizados sus más secretos deseos».

Un público compuesto en su mayoría de adultos abarrota las salas donde se exhibe la película de George Lucas y aplaude ante los éxitos de Skywalker y sus muchachos frente a los esbirros del Imperio Galáctico. No falta quien compara este resurgir del género de aventuras fantásticas con el nacimiento de los héroes del comic, tras la «Gran Depresión». Y por último, hay quien elude cualquier interpretación y justifica el éxito de Star Wars, diciendo simplemente que lo que ocurre es que no se había hecho una película tan divertida desde hace mucho, mucho tiempo.





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