SOLO PARA SUS OJOS SOLO PARA SUS OJOS
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Bond ataca de nuevo. Tratando de rescatar el panel de mandos de los polaris británicos, perdido en el naufragio de un pesquero espía frente a las costas de Albania (el cinismo es marca de la casa), Bond se enfrenta con una organización maléfica de la que sólo conoce sus cabezas visibles: un chulo playero y un tipo gafoso con pinta de funcionario del crimen o del Ministerio de Justicia (los creadores de la serie han descubierto que la eficacia es el nexo común entre los siniestros, estén a diestra o a siniestra). En su investigación turística por San Martín de Valdeiglesias, Cortina d' Ampezzo y Corfú, Bond soporta con paciencia a una intrusa que resulta ser la no-Angela Molina de Buñuel, una actriz francesa más válida para el sueño confuso que para la sensualidad (tiene unos ojos verdes distantes y un pelo caído de existencialista de Marie Claire) y al violinista en el tejado, Topol, que come pistachos para caracterizar al personaje y se define como defensor de Occidente, resistente al nazismo y al comunismo.
Y ahí se acaba la historia. Con estos escuálidos ingredientes se monta una nueva y múltiple aventura de 007 o de «Oh, oh, seven» que cantan en reggae los jamaicanos que aún recuerdan al doctor No y su digno adversario Sean Connery. Broccoli y Maibaum -elementos fijos de la serie junto con la señorita Moneypenny, el mandamás M. y el artificiero sofisticado- siguen intentando darles satisfacciones a los negros de boinas de colorines seguidores de Haile Selassie, y a los petisos de Lombard Street de sombrero hongo seguidores de Maggie Thatcher.
Agotados los motivos, incrédulos unos y otros, Broccoli y Maibaum han decidido reducir la serie Bond a lo que se espera de ella: la escenografía y la peripecia. Negulescos conversos al espionaje, sitúan triviales historias de amor en paisajes internacionales y aventuras en ingenios desparejos (un dos caballos contra un Peugeot) y practican la publicidad encubierta y transparente que tan bien ha descrito Halo Calvino en Si una noche de invierno un viajero.
Y Sólo para sus ojos sigue estando bien, sigue siendo agradable, dinámica y cómplicemente hipócrita. Como los personajes, la acción está cada vez más reducida a la caricatura o más elevada a la comedia. Desafía la verosimilitud, no ya del fondo, sino de la pura anécdota, se recrea en sus propios tópicos, despilfarra sus recursos. Sólo para sus ojos es una película de producción, con la fe en la producción que se perdió en Hollywood y que ahora reasumen con convicción forzada los Spielberg y los Milius y los Lucas. John Glen tiene menos inventiva que éstos y se afana en transmitir emoción a la manera de un forzado portugués, entregándose más en cuerpo que en alma.
Broccoli es generoso y hace todo lo que se le ocurre, y seguramente será un dilema para él inventar alguna novedad para la próxima temporada. Lo ha probado ya todo, sobre las montañas y bajo los mares, del Caribe al mar Negro, del mar Negro al Japón. La apuesta tiene que ser cada vez más alta porque hasta el jugador más novato adivina el farol: el coche que estalla en mil pedazos ya no puede ser un coche, tiene que ser un Lotus. No se puede practicar sadismo arrastrando al héroe por zarzales, hay que rasparlo contra corales. La cosa es cada vez más difícil y, como todo lo mecánicamente difícil, más cansada. Sólo para sus ojos apunta algunos rasgos de discreción. Los villanos se despeñan en vez de sufrir muertes rebuscadas, la pareja heroica hace el amor off the record. Retorno al clasicismo. Pero lo malo es que lo bueno de la serie Bond era su audacia, su liberación del puritanismo hollywoodiano al que ahora vuelve.
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