007: La Historia 007
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Cuando el mundo podía dividirse en dos bandos y la "guerra fría" acaparaba los titulares de los periódicos, un personaje literario de singular transcendencia daba sus primeros pasos a través de la letra impresa. Su autor, Ian Fleming, le bautizó con el nombre de James Bond, pero su denominación clave es 007, agente especial al servicio de su Majestad Británica. El cine no podía dejar escapar tan jugoso material y de la mano de un avispado productor llamado Albert R. Broccoli nació el personaje cinematográfico más importantes de las últimas décadas, un nuevo héroe que con el paso del tiempo ha llegado a convertirse en un fenómeno sociológico sin precedentes en la historia del celuloide. La influencia de 007 en los años sesenta llegó a convulsionar el mundo, los setenta vieron como el héroe se convertía en una caricatura de sí mismo y los ochenta intentaron devolver al mito algo de su charmé original. En los noventa, el futuro de James Bond se presenta cuanto menos incierto, aunque como los millonarios con pedigree puede permitirse el lujo de vivir de las rentas.
Aparecen los títulos de crédito en la pantalla mientras escuchamos las notas de una canción caribeña, Estamos en Jamaica. Tres negros ciegos caminan apoyados en bastones hasta la entrada de un club. Allí matan a un hombre. Poco después tirotean en un chalet a una mujer que iba a hablar por radio. Uno de ellos se dirige a un fichero y lo abre. Saca una carpeta con el nombre de Doctor No. Un fundido encadenado nos traslada a Londres. En la mesa de un casino, una bella mujer vestida de rojo va perdiendo a la cartas y, a su lado, un hombre vestido con smoking exclama: «Admiro su valor, ¿Señorita...?» Ella: «Trench, Silvia Trench. Y yo admiro su suerte, ¿Señor...?» Por primera vez se vislumbra el rostro masculino: «Bond, James Bond».
Con esta frase iniciaba hace tres décadas su andadura en el mundo del cine un nuevo héroe, James Bond, cínico, mujeriego, atlético y seductor, capaz por sí solo de volar una isla, aniquilar un singular ejército o hacer fracasar reiteradamente los propósitos de una poderosa organización criminal. Su nombre clave es 007. El doble cero significa que tiene licencia para matar en el cumplimiento del deber.
Bond personaje cinematográfico conectó inmediatamente con la estética de los sesenta, aglutinando en torno a su persona una serie de ingredientes que, presentados con calculado sentido, daban forma a los sueños colectivos de una sociedad marcada por la fiebre consumista. 007 habita en los mejores hoteles, conduce sensacionales automóviles, fuma tabacos fabricados en exclusiva, viste con elegancia y seduce sin esfuerzo alguno a las más bellas mujeres. Por primera vez en una pantalla" el "bueno" de la película se comportaba como un ser despiadado y sin escrúpulos que no sentía clemencia alguna por sus enemigos. El nuevo héroe podía matar a tantas personas como quisiera, siempre y cuando no lo hiciera sádicamente. Las dos primeras películas de la serie contenían para su época grandes dosis de erotismo y violencia, elementos que sabiamente combinados constituyeron una fórmula infalible.
El fenómeno sociológico conocido como bondismo parte de una gigantesca operación industrial coordinada y dirigida por Albert Broccoli. Cada película presenta un esquema prácticamente idéntico: un realizador eficiente acostumbrado a dirigir por encargo sin complicarse demasiado la vida, tipo Terence Young, un guión con abundantes dosis sexuales, tipo bikini Ursula Andress, un enemigo capaz de poner en peligro la existencia del planeta y, finalmente, un sinfin de persecuciones destinadas a demostrar la destreza física y el ingenio de Bond. Cada episodio contaba, además, con una serie de elementos fijos: el leit motiv de la serie, compuesto por John Barry, quien tomó prestado el tema Bea's knees de su banda de jazz, "The John Barry Seven", una composición que se convirtió con el paso del tiempo en uno de los más populares de la historia del cine; la inclusión de un Teaser, secuencia anterior a los títulos de crédito, en donde encontramos a Bond inmerso en una apurada situación, generalmente desvinculada del resto del filme; y un grupo de personajes habituales como "M", "Q", o la señorita Monneypenny.
James Bond constituye un caso único en la historia del cine. A raíz del estreno en Londres de Agente 007 contra el Dr. No, las tiradas iniciales en Europa de la novela quedaron agotadas en pocos días y fueron necesarias varias reediciones para complacer a los miles de aficionados ansiosos por conocer el origen literario de tan fascinante personaje. La segunda película de la serie, Desde Rusia con Amor, consiguió atraer a doscientos mil espectadores en su primera semana en Los Angeles, y, como referencia, valga la anécdota del avispado empresario norteamericano que programó ininterrumpidamente Goldfinger durante varios días, en los cuales sólo se suspendía la sesión unos instantes para barrer el local. Cuando hace ya treinta años (hoy cuarenta y seis años) 007 vivía la primera de sus aventuras en la pantalla, nadie pensó, o muy pocos lo hicieron, que se trataba del primer capítulo de una serie que se iba a prolongar hasta nuestros días. En Hollywood, los expertos auguraban a Albert R. Broccoli y Harry Saltzman un futuro nada halagüeño, e, incluso, uno de los zares de la industria se apresuró a declarar al New York Times: «No invertiría un céntimo en esas narraciones inverosímiles. Estos tipos están locos.» Cuentan que todavía suele sonrojarse cuando alguien le recuerda tan acertada premonición.
El nacimiento cinematográfico del agente 007 tuvo lugar el 26 de octubre de 1962, fecha en la que comenzó el rodaje en los estudios Pinewood de Londres de Dr. No. Pero empecemos por el principio. Corría el año 1961 cuando el productor canadiense Harry Saltzman adquirió los derechos cinematográficos de todas las novelas de James Bond, a excepción de Casino Royale, vendida con anterioridad. Disponía únicamente de seis meses para iniciar un plan de producción, en caso de no lograrlo perdería los derechos. En ese espacio de tiempo, Saltzman comprobó que ningún estudio estaba dispuesto a financiar una serie de ese calibre si no era con una estrella como protagonista, y que ningún actor de prestigio quería comprometerse a interpretar más de dos veces el mismo personaje. Un mes antes de finalizar el plazo estipulado entró en acción Albert R. Broccoli, cuyos contactos con la industria cinematográfica suponían la única esperanza de llevar a buen puerto el proyecto. Los dos productores fundaron la Eon Productions, intentaron que Columbia financiase la idea y, tras su negativa, firmaron un acuerdo con United Artists por seis películas, eligiendo Operación Trueno como primer título de la serie. Pero los preparativos tuvieron que ser suspendidos a causa del litigio que mantenían Fleming y Jack Whittingham -el escritor había sido acusado de la violación de copyright y de incumplimiento de contrato-. El filme no pudo realizarse hasta 1965. Entonces surgió Dr. No.
Encontrar un actor que respondiera a las características atribuidas a James Bond no resultó una tarea fácil. Mientras Fleming pensaba en David Niven, los productores se fijaron en Patrick McGoohan, Roger Moore –rechazado por "poco varonil"- e incluso Cary Grant. Pero tras numerosas pruebas resultó elegido Sean Connery, un actor escocés cuya agitada biografía incluía los oficios de peón, vigilante nocturno, participante en el concurso de Mr. Universo, notable intérprete de Shakespeare y amante de Lana Turner. Connery aportó al personaje una mirada seductora y penetrante capaz de derretir un tempano de hielo, una inquietante sofisticación y un sádico refinamiento en el arte de amar y matar, además de las dosis justas de elegancia, cinismo y frialdad. Parecía haber nacido para interpretar a 007.
Las tres primeras entregas de la serie -Dr. No, Desde Rusia con Amor y Goldfinger-, sin lugar a dudas las mejores de la misma, supusieron el asentamiento definitivo del personaje y la consolidación definitiva del mito cinematográfico más importante de los sesenta. La fórmula funcionaba a la perfección y sólo había que exprimir el filón al máximo. Richard Maibaum trasladaba el espíritu Fleming a la pantalla; John Barry componía la partitura musical; Peter Hunt o John Glenn se encargaban de montarlas y, entre Maurice Binder y el cantante de moda terminaban de decorarlas. Pero cuando las recaudaciones llenaban las arcas de los productores, las novelas de Fleming -ya fallecido- alcanzaban cifras millonarias e, incluso, sesudos intelectuales como Umberto Eco dedicaban su tiempo a estudiar las connotaciones sociológicas de este fenómeno de masas, la cuarta aventura del agente 007 (Operación Trueno) dibujó el principio de la línea descendente de la serie. Los dos filmes anteriores habían situado muy alto el listón, de manera que mantener el mismo nivel se había convertido en todo un problema. Las situaciones empezaban a sonar a repetidas, el erotismo se volvió gratuito y los ingenios tecnológicos aparecían un poco pasados de rosca. Operación Trueno dejó bien claro el estado en que se encontraba la serie: producción desmesurada, mayor atención a las localizaciones exóticas y a las chicas Bond, y, sobre todo, un peligroso incremento de gadgets y efectos especiales en detrimento de la trama.
En 1971, Connery se despidió, por segunda vez -la primera fue a raíz de Sólo se Vive Dos veces, por cierto, el peor filme de esta primera etapa- de James Bond tras el rodaje de Diamantes para la Eternidad. El hastío provocado por un personaje tan lineal y su inevitable deterioro físico, que hacía ya inviables sus proezas aventureras y sexuales, aconsejaron al actor huir del encasillamiento y poder demostrar en otro tipo de papeles -como así lo hizo- sus inmensas cualidades interpretativas. Pero no debió decir por segunda vez "nunca jamás". Entre medias, los responsables de la serie, que no estaban dispuestos a matar a la gallina de los huevos de oro, probaron a George Lazenby -un ex-modelo australiano-como sustituto de Connery en 007 al Servicio Secreto de su Majestad, un episodio más que notable pero condenado al fracaso por la falta de carisma del nuevo Bond. Lazenby demostró lo importante que era el actor escocés y lo soso e indigerible que era su sustituto.
Los responsables de la serie buscaron denodadamente un nuevo rostro al agente 007 hasta decidirse finalmente por Roger Moore -un actor de segunda fila famoso por el éxito de la serie televisiva El Santo-, un vehículo bastante aceptable aunque menos lujoso que el anterior. En su primera aventura bondiana - Vive y Deja Morir- Moore sentó las bases en tomo a las cuales iba a girar su personaje. Consciente de que le resultaba imposible imitar a Connery, decidió imitarse a sí mismo y crear una versión light del héroe surgido de la pluma de Ian Fleming: un agente menos eficaz, menos cínico, menos donjuanesco y con menos vitalidad, aunque mucho más anglosajón, pulcro y refinado que su antecesor. El Bond de los setenta prefería tener las manos ocupadas con una copa de champán antes que con un arma o una mujer.
El sustituto de Connery acentuó los matices irónicos y humorísticos del personaje, disimulando como podía, a base de sonrisa y simpatía, su escasa talla como intérprete. Frente al cinismo y a la imagen dura y viril del actor escocés, Moore aportó su figura de gentleman, su sentido del humor puramente británico y, en demasiadas ocasiones, una cierta blandura con sus enemigos. Continuaron las chicas guapas, los escenarios lujosos y los artilugios sofisticados, pero los villanos ya no eran tan malos ni Bond se lanzaba a los desenfrenados encuentros sexuales de épocas anteriores. Como si de la Bolsa se tratara, valores tan importantes en épocas pasadas como la violencia, el sexo y el anticomunismo se encontraban a la baja, mientras los efectos especiales, los escenarios exóticos y las peleas espectaculares estaban en alza. Incluso las dimensiones pectorales de las "chicas Bond", otrora superlativas, habían bajado de valor, aproximándose a patrones más realistas.
Si en la "era Connery", la aventura era el ingrediente principal y el gag sólo un condimento, con Moore cambiaron las tomas hasta degenerar en una parodia del héroe de los sesenta. El agente con "licencia para matar", audaz, frío, duro y eficiente, con un paladar altamente cualificado para degustar vinos y mujeres, malgastó parte de su encanto primitivo, engordó, perdió pelo y ganó en costumbres licenciosas. De ser un espectáculo para adultos, Bond se transformó en un entretenimiento dirigido a todos los públicos, un tebeo fílmico donde los dobles sentidos sexuales y políticos de antaño dejaban paso a elementales fantasías para adolescentes. La serie se inclinó abiertamente por la vía de la comedia, convirtiéndose en un puro divertimento que cada vez tenía menos de Ian Fleming y más de cómic.
La fórmula sólo funcionó a medias. Las primeras entregas -Vive y Deja Morir, El Hombre de la Pistola de Oro y La Espía que me Amó- no defraudaron a nadie y las taquillas volvieron a aportar suculentos dividendos. Pero en las siguientes, la falta de imaginación de unos guiones acartonados y delirantes terminaron por convertir a James Bond en un héroe almidonado con aspecto de muñeco de feria infantil. A principios de los ochenta, 007 empezó a mostrar acuciantes síntomas de cansancio. Su aventura número doce, Sólo para tus Ojos, reflejó este agotamiento del personaje. Con un simple vistazo a la situación de la serie se podía comprobar que cualquier parecido con el Bond de antaño era pura coincidencia: Ian Fleming ni siquiera aparecía en los títulos de crédito, M había muerto, Miss Moneypenny empezaba a parecerse a una momia y, para colmo, el "agente con licencia para matar" evidenciaba una falta de apetito sexual realmente preocupante, síntoma inequívoco de la cercanía de su jubilación.
Además, mientras Moore naufragaba por aquellas fechas en la piel del agente 007, se produjo en 1983 el último retorno de Sean Connery en Nunca Digas Nunca Jamás. Trece años después, y pese a repetir constantemente "de este agua no beberé", el actor escocés volvió a encarnar al personaje que le encumbró a la fama y brindó a los nostálgicos una magistral composición que devolvió momentáneamente al carismático héroe la identidad perdida. Mr. Connery confirmó aquello de "cualquier tiempo pasado fue mejor" y demostró de una vez por todas, y por si alguien tenía todavía alguna duda, que Bond sólo hay uno y responde al nombre de Sean.
La marcha de Roger Moore obligó a los responsables de la serie a buscar, por cuarta vez, un nuevo rostro para James Bond. Timothy Dalton intentó, sin demasiado éxito, devolver al personaje su prestancia original. Aunque mejoró las últimas actuaciones de su predecesor, no se aproximó siquiera al nivel alcanzado por Connery e, incluso, al del primer Moore. Este reputado actor shakesperiano procuró aportar en 007 Alta Tensión y 007 Licencia para Matar todo lo que le faltaba a su predecesor: juventud, vitalidad y esa sonrisa cínica tan característica de las primeras aventuras. Pero aunque lo intentó, al final se le vio el plumero, Dalton no es Connery, ni siquiera se le aproxima. Ni camina como él, ni ama como él, ni tiene su sentido del humor ni la impecable arrogancia del superhéroe.
Tres décadas después del inicio de la serie, uno de cada tres habitantes de la Tierra ha visto alguna película de James Bond, y uno de cada ocho cree que se trata de un personaje real. 007 ha cumplido treinta años, su salud anda un poco alicaída y su futuro se presenta un tanto incierto, a sus espaldas quedan diecisiete películas y toda una leyenda a su alrededor.
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