
Los centenarios de los escritores -y de otros artistas- vienen a ser una convención periodística, en conexión multiplicativa con la industria cultural. Hay quien abomina del aparente peso muerto de las efemérides. Evaluados pros y contras, creo que su virtud consiste precisamente en resucitar a los muertos, de modo que -negocios aparte- están más cerca de la vida -una segunda vida- que de la necrofilia. Además, qué caramba, las efemérides y sus consecuencias sirven para poner en circulación modelos, grandes ejemplos, en tiempos faltos de referentes y excelencia.
Ahora va a terminar catastróficamente el año del centenario de Ian Fleming, el creador de James Bond, y digo que catastróficamente porque pocas veces se ha visto algo igual: no se ha resucitado a Fleming -en España, al menos- y se ha matado a su personaje.
Fleming no fue Proust, vale. Pero fue un escritor culto, refinado, con ingenio y humor, varios metros por encima de la alta línea de flotación de su gran popularidad, que, por cierto, nunca fue muy grande en España. Aquí su personaje tuvo infinitos espectadores, pero pocos lectores. Penguin, claro, no para de reeditarlo en Inglaterra, y Gallimard no ha tenido inconveniente en hacerlo en Francia. En nuestras librerías, apenas se pueden encontrar algunos títulos editados por Punto de Lectura hace cinco o seis años. Muy poca cosa.
Sin materia prima que llevarnos a los ojos, no es raro que se haya hablado poco de Ian Fleming este año, y más teniendo en cuenta que, entre nosotros, pasa por ser un escritor carne de librería de estación ¡Ni que estos nórdicos de moda fueran Flaubert!
Pero no sólo se le ha dejado a Fleming en su tumba, sino que se ha matado a James Bond. ¡Eso ya es demasiado! Quantum of Solace es, con premeditación y alevosía, el asesinato de James Bond. La doble muerte de Ian Fleming.
Y también apunta el vislumbre de la muerte del cine que hemos conocido. Este año se ha hablado mucho de la muerte del cine, y el triste caso de esta película es uno de sus síntomas.
Vale que el cine anterior de Bond quedara lejos del Hollywood clásico -por no mirar hacia otros lados-, pero si la infantilización del cine y la apoteosis de la acción, los efectos especiales y el espectáculo han llegado a tal extremo de vacuidad que ya no se puede conservar nada del mundo interior, de la ironía y de las maneras del agente de Su Majestad, es que todo está peor de lo que pensábamos.
Este Bond se podría haber llamado Perico el de los Palotes, y hubiera dado lo mismo. Es otro tío más empeñado en disparar, golpear, correr y saltar por los balcones entre llamaradas y explosiones. Vaciado de sangre, flema y sustancia gris es una marioneta que anuncia la definitiva llegada de la era de los muñecos y de las máscaras. El fin de las personas y hasta de los personajes en el cine de curso corriente. Si la industria del cine de masas no puede ni preservar la viabilidad de un arquetipo como el de James Bond, es que ya está en el más allá de la nadería. Lo que no consiguió Spectra, lo han logrado los tiempos.

Lo recuerdo perfectamente. Roland Barthes y Umberto Eco ya habían denunciado por entonces las intolerantes estructuras narrativas binarias (¡binarias!) del superhombre de masas creado por Ian Fleming en 1953, en plena guerra fría; y la guerra fría, por su parte, ya no era asunto de moda o de jaleo en las carteleras, títulos y titulares, en plena sangría del Vietnam y otros célebres debacles tan unilaterales. Por otra parte, los disparates cometidos en el llamado Tercer Mundo por las grandes potencias (quiero decir, por los países productores y exportadores de películas maniqueas justificadas por villanos de raza afroasiática); disparates occidentales que por entonces comenzaban a divulgarse en los medios transformaban al Doctor No y sus viperinos colegas en auténticos hermanitos de la caridad. Por último, pensaban los productores que tenían en su poder los derechos de las novelas de Fleming, era matemáticamente imposible que las aventuras de Bond, al cabo del enorme éxito de las historias fundacionales del mito (007 contra el Dr. No, Goldfinqer, Desde Rusia con amor), pudieran dar mucho más de sí, estirarse otra temporada. Incluso Sean Connery estaba de acuerdo con la trama asesina, viendo cómo el personaje que tanto había colaborado a diseñar lo devoraba lenta, inexorablemente.
Había que matar a Bond, había que poner punto final a la bondmania cuanto antes, concluyeron en 1967 los responsables del acontecimiento de masas. Al margen de los célebres análisis desmitificadores de los estructuralistas francoitalianos, no estaban los tiempos para bromas tan políticamente incorrectas como las del 007, como se diría un cuarto de siglo después, en la era beata del 0,7.
Matar a Bond a carcajada limpia
No recuerdo una conspiración criminal del calibre de Casino Royale en la historia del invento. Y el método elegido para retirar de la circulación en plan blade runner al mito triunfante de los sesenta estaba inspirado en el mismísimo Nietzsche; que, como ustedes saben, fue el que nos informó que los dioses, en tanto que tales, sólo pueden morir de risa, como justamente les ocurrió a los habitantes del Olimpo griego el día célebre que les llegó la noticia sensacional de que en Jerusalén había nacido un colega que se pretendía nada menos que único e inmortal. Risa mortal, irreversible, que cambió la historia universal, como es fama. Por tanto, y en vista de que Bond era un dios de raza helénica, habitante del nuevo Olimpo, decidieron matarlo a carcajada limpia. Se dedicaron a contratar y mezclar las risas más jocundas, cotizadas y disolventes del momento cinematográfico para liquidar de una vez por todas al molesto agente secreto de Fleming. Y por si lo habían olvidado, o sencillamente están en pleno disfrute de ese intolerable tipo de edad que considera que el cine empieza con el cinemascope, les recuerdo que Casino Royale, en 1967, logró la azaña de reunir en 130 minutos las risas mortales de Orson Welles, John Huston, Ken Hughes, Peter Sellers, David Niven, Jackie Bisset, Ursula Andress, William Holden, George Raft, Belmondo, Boyer y, claro, el padre de la sonrisa actual, el mismísimo Woody Allen. Sin olvidar, ya digo, las contemporáneas bromas binarias de Eco y Barthes. En fin, que en este último y desmitificador cuarto de siglo no existe (o, al menos, yo no lo conozco) un intento más enciclopédico y costoso del cine para cachondearse volteriana, estructural, irónicamente de un determinado tipo de cine.
Nos reímos mucho, o sólo un poco, en Casino Royale con la apabullante mezcla de las mejores sales finas y gruesas del momento cinematográfico, sí, pero Bond no sólo no muere de aquella intentona risueña, sino que reaparece como si tal cosa en 1969 (Al servicio secreto de Su Majestad), encarnado esta vez por un tal George Lazenby y encima dirigido por un cual Peter Hunt. Más aún, con Telly Savalas, el del chupachups televisivo, haciendo del villano Ernst Stavro Blofeld, y (tiene bemoles) con Gabriel Ferzetti, el antihéroe de La aventura, de Antonioni, en plan gánster todopoderoso. Estaba claro: Bond empezaba a ser lo que se dice un tipo inmortal. Más resistente a la muerte, en cualquier caso, que las viejas divinidades del Olimpo griego. Ni las risas ilustres ni los estructuralistas binarios ni aquella primera gran huelga de Connery pudieron con él.
Y ahí, precisamente, empieza la historia de este gran negocio de falsas muertes y resurrecciones imprevisibles que llega hasta ahora mismo, hasta este nuevo título por estrenar que hoy les anunciamos aquí, en CINEMANÍA, luego de atravesar como por acaso el Mayo Francés, el segundo pop, la era Reagan, el fin de la guerra fría, el deconstruccionismo de Yale, la caía del muro de Berlín, la evaporación del comunismo, la dictadura de los yuppies, la movida madrileña, e incluso atravesar la mismísima transición española de nunca acabar (también llamada de mírame y no me toques los pactos todavía secretos), que eso sí tiene mérito. Desde entonces, cada nuevo estreno de Bond se anuncia a bombo y platillo promocional, no como un nuevo producto que continúa y mejora la aventura precedente, sino sencillamente como la definitiva y última entrega de la serie, el punto final. Más la renuncia del actor correspondiente.
La resurrección de Connery en 1971
Lo de Connery, por ejemplo modélico de esta nueva astucia publicitaria y también narrativa. El irlandés dejó hacer, ya digo, su humorístico trabajo sucio a los conjurados de Casino Royale, y, al cabo del asesinato fracasado de Bond, no le puso obstáculo alguno al tal Lazenby. Ahora bien, en 1971, sin previo aviso, Connery resucitó con todas las de la ley del 007 con Diamantes para la eternidad. Eso sí, pronunciado delante de la pecaminosa espalda de Jill St. John la famosa frase: "Nunca jamás". Y durante unas seis películas fue así: Roger Moore. O mejor dicho, fueron sobre todo una serie de señoras estupendas entre las que no puedo olvidar a Jane Seymour, Britt Ekland y, muy especialmente, a Carole Bouquet, la heredera natural del reinado europeo de Catherine Deneuve (dicho sea esto último con permiso de la chica Kieslowski que le pisa los talones: la azul Binoche sobre el tejado caliente). Y otra señora fundamental para la saga, aunque de características seductoras diferentes: Lois Maxwell, nuestra querida e imprescindible miss Monneypenny, sin la cual El Santo hubiera estado perdido todo el tiempo que estuvo allí.
Y en 1983, cuando ya creíamos que esto se acababa (esta vez desde el aburrimiento), o que el verdadero destino del Bond-Moore estaba del lado de la pequeña pantalla del cuarto de estar; cuando más confiados estábamos, Sean Connery, con los 50 cumplidos, se coloca delante del espejo del cuarto de baño con el torso desnudo, comprueba que todavía no hay michelines, incluso que está de mucho mejor ver que Moore, y después de algunos titubeos y de consultar unas escenas calientes con Kim Basinger, se dice y nos dice: Nunca digas nunca jamás. Eso sí, exigiendo a Max von Sydow en el trascendental papel de Blofeld, que inútilmente también intentó arruinar Telly Savalas.
Ya conocen el final: le sucede durante un par de experiencias nada memorables (007 Alta tensión y Licencia para matar) el por siempre anodino Timothy Dalton. Por último, de la muerte también anunciada de Dalton, surge la temporada pasada el héroe hortera de Remington Steele, Brosnan. Inmortal, ya digo.