
Fue en 1989 cuando se oyeron, por última vez, lo compases musicales de la más famosa serie de acción de la historia del cine. Y también fue en esa ocasión, cuando James Bond apareció por última vez bajo los rasgos de Timothy Dalton. Ahora, el agente 007 ha vuelto («he's come back», como dirían los créditos) y lo ha hecho de la mano de Pierce Brosnan.
Muchas han sido las razones por las que se han tardado tantos años en estrenar en las pantallas de todo el mundo una nueva película de Bond. A los relativos fracasos comerciales de los dos títulos protagonizados por Timothy Dalton (007 Alta tensión y la excelente y nunca bien ponderada 007 Licencia para matar), caben añadir el también supuesto hastío del público a seguir los pasos del personaje tras casi treinta años y dieciséis películas oficiales (la extraoficial, Nunca digas nunca jamás, nunca entra en los cómputos de la productora) y, sobre todo, los problemas legales existentes entre United Artists, distribuidora de la serie Bond, y la Danjaq, poseedora de los derechos sobre el personaje y cuyo accionista mayoritario es Albert R. Broccoli (productor al que, de momento, no se le ha rendido el tributo merecido y sobre el que pende el sistema de producción actual adoptado por gente del calibre de Joel Silver, Andrew Vajna o Arnold Kopelson).
En busca del Bond perfecto
Cuando en 1985 Roger Moore se despidió de su paseo triunfal por la serie, la maquinaria para elegir a un nuevo Bond comenzó a ponerse en marcha. Al igual que hace un par de años, el primer nombre que saltó a la palestra fue el de Mel Gibson, en aquellos momentos un actor en alza, pero aún lejos del nivel de popularidad que alcanzaría con producciones como Arma letal o la más reciente Braveheart. Lo que parecía un juego en el que todo nombre era válido se completó con la entrada en escena de tres actores más: Bryan Brown (popular en aquellos momentos gracias a las sucesivas reposiciones de El pájaro espino y al estreno de FX Efectos mortales), Sam Neill y... Pierce Brosnan. ¿Puntos en común? Uno: Ninguno de ellos era inglés. Es más, Gibson era americano, y Brown y Neill, australianos. Pero Brosnan, pese a su origen irlandés, se acercaba más a los patrones clásicos exigidos para dar vida al agente 007 (no obstante, cabe recordar que ni Connery, escocés, ni Lazenby, australiano, tenían un ápice de ingleses, nacionalidad de la que sólo hace gala Roger Moore).
En aquellos momentos Brosnan se encontraba trabajando, por tercera temporada consecutiva, en la serie de televisión Remington Steele (emitida por la NBC americana entre el 1 de octubre de 1982 y el 9 de marzo de 1987 y que en nuestro país ha sido programada en diversas ocasiones por Televisión Española y Tele 5). Cuando Albert Broccoli y su hija, Barbara, intentaron que la MTM, productora de la serie y cuyas iniciales responden a las de su propietaria, Mary Tyler Moore, le rescindiera el contrato se toparon con una sola respuesta: la que impedía que Brosnan dejara esa insulsa producción de sobremesa para convertirse en el cuarto actor que daba vida a Bond. Nada se pudo hacer y Brosnan fue sentenciado a una carrera mediocre tanto en la pequeña como en la gran pantalla. Su sustituto fue el galés Timothy Dalton.
En 1994, dos años después de cumplirse el 30 aniversario del estreno de 007 contra el Dr. No, Dalton daba a conocer su intención de no volver a encarnar al personaje a pesar de los 400 millones de pesetas que Broccoli le ofrecía. Más interesado en convertirse en el Rhett Butler de la torpe secuela de Lo que el viento se llevó y en intervenir en anodinas producciones para la gran pantalla de nula repercusión comercial, el actor abría así las puertas de la fama a quien sería elegido para sustituirle. De este modo se acallaron los rumores publicados por el periódico inglés «The Sun» según los cuales, el siguiente título de la serie contaría con la presencia de todos y cada uno de los actores que han dado vida a Bond, revelando que el nombre del agente no es más que una seña de identidad que heredan los mejores agentes 00 (aquéllos que tienen licencia para matar).
De nuevo, las apuestas se pusieron en marcha. La más importante empresa inglesa dedicada a tal efecto, la William Hill, dio a conocer las preferencias de sus jugadores: Ralph Fiennes, Hugh Grant, Jason Connery, Mel Gibson, Daniel Day-Lewis, Bruce Willis, Denzel Washington e, incluso, Emma Thompson y Sharon Stone, por si faltaban más nombres ridículos. Pero por encima de todos ellos volvía a aparecer un actor: Pierce Brosnan. Como en el caso de Roger Moore, que estuvo a punto de ser el agente en el primer título, Brosnan volvía a encabezar las preferencias de casi todo el mundo. Y en esta ocasión, no hubo ningún impedimento para que la única respuesta posible fuera la afirmativa.
Reflejos en un ojo dorado
El nuevo helicóptero Tiger, un artilugio disuasorio de la OTAN dotado de las prestaciones más efectivas de defensa, es robado antes de su presentación mundial. Todo apunta a que los autores del robo son Ourumov (Gottfried John), un general disidente del nuevo orden ruso, y Xenia Onatopp (Famke Janssen, una asesina que ha patentado un coitus interruptus muy especial y que culmina con la muerte de su amante). Los dos pertenecen a una organización terrorista especializada en el tráfico de armas que responde al nombre en clave de «Janus» y cuya muestra definitiva de poder se practicará utilizando el Tiger contra una estación de vigilancia rusa enclavada en el Círculo Polar Artico.
Es en este momento cuando el gobierno ruso solicita la colaboración internacional para detener el avance de los terroristas, que pretenden controlar las nuevas federaciones surgidas tras la desaparición de la Unión Soviética. El servicio secreto británico (un émulo del MI5 existente en la realidad) envía a San Petersburgo a su agente más reputado y eficaz, James Bond (Pierce Brosnan), quien se aliará con Natalya Simonova (Izabella Scorrupco), una programadora de sistemas, y Jack Wade, un agente de la CIA que conoce como la palma de su mano los entresijos del contrabando de armas en Rusia y que, curiosamente, está interpretado por Joe Don Baker, el traficante de armas Brad Whitaker que se enfrentaba a Bond al final de 007 Alta tensión y que conoció una cierta popularidad en Gran Bretaña a raíz de su intervención en la serie televisiva Edge of Darkness, dirigida en 1985, por Martin Campbell, firmante de Goldeneye. En el bando contrario, 007 deberá enfrentarse, entre otros, a Trevelyan (Sean Benn), un agente doble, y a Valentin Zukovsky (Robbie Coltrane), exmiembro de la KGB y que apuesta por el regreso de los tiempos de la guerra fría.
Un nuevo estilo
Tras la entrada de Pierce Brosnan en el proyecto, el siguiente paso era la elaboración de un guión que, si por un lado debía mantener los rasgos más populares patentados por Sean Connery y Roger Moore, por otro, estaba obligado a adaptarse a los tiempos de Arma letal, Mentiras arriesgadas y demás producciones siempre basadas en el esquema patentado por la serie Bond. De este modo, Barbara Broccoli se puso en contacto con Michael France, co-guionista de Máximo riesgo, quien se encargó de escribir la historia original del film (cuyo título, Goldeneye, debe su origen a la mansión propiedad de Ian Fleming en Jamaica quien a su vez la tomó prestada de la novela de Carson McCullers, «Relejos en un ojo dorado» («Reflections in a Golden Eye») y que dio pie a la película del mismo título dirigida por John Huston con Elizabeth Taylor y Marlon Brando). El argumento de France sirvió de base para que Jeffrey Caine (autor de la serie policíaca inglesa Dempsey & Makepeace) y Bruce Feirstein escribieran el guión final.
Ya con actor y guionistas, sólo quedaba elegir al director que se hiciera cargo de la película, quien se convertiría en el director número seis de la serie, tras Terence Young, Guy Hamilton, Lewis Gilbert, Peter Hunt y John Glenn (y, como siempre, sin contar al Irwin Kershner de Nunca digas nunca jamás). Curiosamente, la elección recayó en Martin Campbell, realizador neozelandés de corta filmografía en la que caben destacar dos títulos, Ley criminal (que se apunta como su primer largometraje, a pesar de que existe una producción erótica dirigida por un tal Martin Campbell en 1973 en la carátula de la cual se asegura que proviene «del autor del nuevo James Bond») y Escape de Absolom. Según Campbell, en Goldeneye «no hemos cambiado mucho la fórmula. Me refiero a que incluso las malas películas de Bond han tenido éxito. Es hora de que recuperemos el estilo y la sofisticación y permitamos a Bond ser Bond». A pesar de ello, «la película no tiene nada que ver con el resto de títulos de la serie -asegura el vice-presidente de producción de la United Artists, Jeff Kleeman-. Las caras de los personajes son enfocadas en diagonal, con "zooms" que les vienen a toda velocidad. Es como una novela gráfica. En "Goldeneye" se ha revitalizado la fórmula».
Tal y como informamos en el número de marzo, el rodaje de Goldeneye dio comienzo el 16 de enero pasado en el campo aéreo de Leavesden, en Hertfordshire, al norte de Londres, en una antigua factoría de la Rolls Royce transformada en estudio cinematográfico ante la imposibilidad de volver a filmar en los estudios Pinewood, donde han tenido lugar la mayor parte de rodajes de la serie, al estar ocupados por los equipos de producción de Mary Reilly y Misión imposible. Allí se han reconstruido calles de San Petersburgo (ciudad a la que se desplazó una unidad para filmar sólo exteriores, ya que su ayuntamiento se negó a dar permiso para recrear una persecución que envuelve a un comando del ejército ruso y a James Bond conduciendo... un tanque). A lo largo de casi cinco meses, el equipo técnico y artístico de la película (en el que cabe incluir a Chris Brosnan, hijastro de Pierce y ayudante del director) se ha desplazado a otras localizaciones, donde se completó el rodaje: Puerto Rico, Suiza, la Riviera francesa... Un despliegue único y, sobre todo, caro, ya que el presupuesto final de la película ha rondado los 75 millones de dólares (9.300 millones de pesetas), el más alto de la historia del agente 007, que ha servido para reafirmar la condición de superioridad de un personaje único en el cine que con Goldeneye atestigua su más rabiosa actualidad.

Pierce Brosnan hereda el personaje de lan Fleming en una superproducción concebida para recuperar la leyenda del agente con licencia para matar.
La publicidad original asegura que en Goldeneye "no hay límites, no hay temores, no hay sustitutos". En cierto modo es así. Porque, al margen del actor que encarne en cada momento a 007 (léase "doble cero siete", en inglés), lo importante es el modelo inicial creado por Ian Fleming y potenciado en la pantalla por la productora de Albert R. Broccoli: chica buena muy lista, chica mala malísima, villano millonario y cruel, tecnología punta, viajes exóticos, mucho lujo y, detalle importante de cara a los estetas, unos rótulos de crédito con toque kitsch y tema musical a cargo de una estrella pop.
Así, Goldeneye arranca con una espectacular caída en picado desde lo alto de una presa, una misión imposible en el interior de una ignota central rusa, un vuelo suicida en avioneta, una carnicería a golpe de metralleta y una explosión que hace saltar por los aires -o eso nos hacen creer- al sádico oficial ruso de turno (Gottfried John). Recuperado el aliento del espectador, ha llegado el momento de la relajación. Tina Turner canta el tema principal, Goldeneye, mientras desfilan por la pantalla los restos del formalismo comunista: hoces y martillos que se rompen, estatuas del Lenin caído, pistolas surgiendo de las gargantas profundas de unas top models con el uniforme soviético... Definitivamente, la guerra fría ha muerto. Pero los rusos mantienen su leyenda de enemigo a abatir.
Nuevo Bond con viejas costumbres
Pierce Brosnan ha engordado, luce canas de caballero inglés, se despide de su Aston Martin, cambia de champaña francés, coquetea románticamente con Monneypenny (Samantha Bond, y no es su apellido de casada) y dispara con soltura, ya sean balas o ironías certeras. Además, el humor es una clave importante en todo el trasunto Bond: el traidor (Alan Cumming) se llama Boris Grushenko (a Woody Allen le gustaría saber cómo pasó su última noche), la mala (Famke Janssen) finge orgasmos con cada mamporro que recibe, el malo (Sean Bean) suspira "Dios salve a la Reina" antes de dejar caer un rayo destructor sobre Londres... Son apuntes ligeros, como las bromas del científico Q (Desmond Llewelyn), que tiene a punto nuevos sistemas de ataque y defensa para 007 (el momento más divertido de la película).
Con la colaboración de una heroína (Izabella Scorupco) que sobrevive a todo, el agente más fiel de la Corona llegará a destrozar medio San Petersburgo a bordo de un tanque y subirá a lo alto de una enorme antena parabólica en una carrera por evitar que los villanos, de nuevo rusos, ataquen Occidente con un satélite dotado de armas electromagnéticas. Todo un récord a golpe de acción y efectos especiales.
Y aquí surge una cuestión: si los malos descerrajan de un tiro limpio a todo bicho viviente a lo largo de dos horas, ¿por qué tienen que buscar complejos sistemas de asesinato para un agente especializado en fugas? La respuesta, en la próxima entrega de James Bond.