Miércoles, 08 de Septiembre de 2010
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El Sueño Americano
 
Frank Capra

Frank Capra
 

Fran Capra

"Odié ser pobre. Odié ser campesino. Odié ser un chico voceador de prensa atrapado en el ghetto siciliano de Los Angeles. Mi familia no sabía leer ni escribir. Yo quería salir de allí. A toda velocidad.” Así se veía Frank Capra como inmigrante en los Estados Unidos. Había llegado allí en 1903 con seis años, junto a sus padres y tres hermanos. Dos se habían quedado en Sicilia y Ben, el sexto, les esperaba en el puerro de Ellis lsland, en Nueva York. La atmósfera de la aduana no debió de ser muy diferente de la presentada por Francis Ford Coppola en El padrino II, cuando Vito Corleone llega al Nuevo Mundo. Los hermanos de Frank se pusieron a trabajar, pero él quería una educación.

Sus aptitudes para las ciencias le encaminaron al Instituto de Tecnología de California, se costeó los estudios con trabajos muy variados. Cuando murió su padre, Frank se convirtió en la esperanza de la familia: él era el "chico listo", con estudios de ingeniería química, que sacaría adelante a los demás. Por ello sorprendió a todos cuando, en vez de aceptar apetecibles ofertas de trabajo, se alistó en el ejército: eran los años de la I Guerra Mundial. Al regreso del servicio, se encontró con algunos reproches familiares: las oportunidades de empleo se habían esfumado. Su madre, piadosa católica, le defendía: "No tengo miedo. Dios me ha hecho fuerte. Frankie es diferente, como su papa. Yo rezo, aunque Dios no responda”. Después de una enfermedad que casi le lleva a la tumba, dejó el hogar: sólo volvería como triunfador.

Durante una temporada malvivió. Hasta se planteó trabajar para la mafia. En éstas estaba cuando tomó un tranvía en San Francisco. Al decir al conductor que iba al parque, éste le respondió con un enigmático "quizá sea allí". Cuando Capra le preguntó de qué rayos hablaba, le enseñó una hoja de propaganda, que hablaba de la intención de Fireside Productions de convenir un gimnasio en plató de cine. Se presentó allí -la intención, conseguir un trabajo más- y dejó caer la mentirijilla de que venía de Hollywood. Con sus escasos conocimientos sobre técnica de cine (por sus estudios de química, sabía algo de emulsiones de películas), impresionó a Walter Montague, actor de teatro que quería hacer su primer trabajo para el cine, y que disponía de la financiación necesaria.

El resultado, asombrosamente, fue que Capra dirigió Fultar Fisher's Boarding House, su primera película, basada en un texto de Kipling. Una de las audacias del film fue prescindir del maquillaje. Capra buscaba realismo a la hora de recrear un bar en la ciudad de Calcuta, y largó a sus actores el siguiente discurso: "Ningún saloon auténtico tiene director, cámara, electricistas, o luces, ¿vale? Pero si miráis a la cámara o a mí, estáis diciendo que es un saloon falso. Y si decís que es un saloon falso, voy a poner falsa cerveza en vuestras jarras durante el resto del día”. A lo que contestaron, como un solo hombre: “¡No! ¡No! ¡Nada de cerveza falsa!”. Los actores, algunos rufianes y prostitutas seleccionados en los bajos fondos, hicieron bien su trabajo. Cuando Capra confesó a Montague que aquél era su primer film, éste le respondió, sencillamente: "Ya lo sabía... Pero creí en tu iniciativa, tu entusiasmo..." El director novel obtuvo buenas críticas: aquello fue el pistoletazo de salida para su carrera de cineasta.

Pese a todo, Capra retomó el camino del cine desde abajo, como ayudante de laboratorio, montador, figurinista… El objetivo era volver a dirigir, fiel a una idea que se convertiría en su lema como director: "un hombre, una película”. Quería poder controlar sus films, darles su punto de vista. Lo explicaba diciendo que "no conozco ningún buen libro u obra, pintura o escultura clásica, ningún monumento artístico, en cualquiera de sus formas, con vigencia, que haya sido creado por compromiso de varios, con la sola posible excepción de las catedrales góticas”. Pero hasta alcanzar ese ideal, quedaba un largo camino. Camino que pasaba por el rodaje de Avaricia de Eric Von Srroheim (allí conoció a su primera esposa, Helen Howell, judía divorciada dos veces, con la que él, católico, se casó en presencia de un ministro congregacionalista) y, más tarde, por las comedias juveniles de la serie Our Gang, del director Bob McGowan (donde fue uno de los escritores de gags, muchos basados en sus experiencias callejeras), que se rodaban en el Hal Roach Srudio de Culver Ciry. Allí conoció a gente como Will Rogers y Leo "Pop" McCarey.

Tras seis meses se introdujo en las Comedias Keystone. El encuentro con Mack Sennett en su oficina fue inolvidable: vio a dos tipos mostrándole un gag, mientras un tercero daba masajes a un empresario semidesnudo. Llegaron a un acuerdo para que Capra ideara gags, y la colaboración fue fructífera para ambos. El director fue testigo de la increíble capacidad de Sennett para identificarse con el público y reconocer los gags buenos. Pero esto no evitó algunas diferencias; la más notable, un gag de Capra no aprobado por Sennett. Frank fue despedido, pero no se arredró: montó guardia ante los estudios de Sennett durante varios días, hasta que fue readmitido. Seguramente las mejores escenas que Capra escribió para Sennett fueron para un maravilloso actor de comedia descubierto por éste: Harry Langdon. Él dio con la clave alrededor de la cual debían girar los gags de Langdon: su innata bondad. El recién descubierto actor rompió la taquilla; el público se moría de risa con sus peripecias. Capra dirigió su primer film con Langdon, El hombre cañón (The Strong Man), en 1926; y dio el golpe. Le siguió Sus primeros pantalones (Long Pants). El problema es que Langdon, un actor provinciano de vaudeville, no digirió bien su éxito. Tras un montón de películas llegó a creerse el creador de sus gags, cosa que no era cierta. Se independizó, y comenzó su declive. Tal actitud condenó al ostracismo a Capra, pues sus hallazgos con Langdon fueron atribuidos al actor. Así, aunque hizo For the Love of Mike, con Claudette Colbert y George Sidney, no recibió ni un centavo por ella. 1927 fue una "annus horribilis", al que se sumó su separación de Helen, con problemas de alcoholismo. Incluso regresó con Sennett varias semanas hasta que recibió una oferta de unos estudios desconocidos entonces: Columbia Pictures.

Capra se entrevistó con Sam Briskin, de Columbia, en Poverry Row. Éste le explicó que le habían llamado, no por la calidad de su trabajo, sino por encabezar la lista de directores desempleados de Hollywood. Sonaba a locura, pero sin duda resultó una ventaja que su apellido empezara por "C". Cuando le pasaron al enorme despacho de Harry Cohn para confirmar los términos del acuerdo (Capra quería el control de sus películas), pudo comprobar el peculiar estilo del presidente de Columbia. "De acuerdo, de acuerdo", vociferó Cohn, que ni siquiera dejó a Briskin explicar el trato. Y añadió: "Por el amor de Dios, Sam, saca tu culo de aquí. Estoy ocupado. Ponle a trabajar". Empezaba una muy fructífera relación profesional.

That Certain Thing fue el primer título de Capra para Columbia. Le siguieron So This Is Love, Matinee Idol, Sayt It with Sables y Way of the Strong. Funcionaron aceptablemente, pero Frank era ambicioso. Quería llegar a lo más alto, dejar a su familia en una posición acomodada y realizar así su particular "sueño americano". De no lograrlo pronto con las películas, regresaría a su ingeniería. Pero Capra iba subiendo. Cohn pensó en él para acabar el primer título de serie A de Columbia: Submarino, un film bastante creíble sobre la vida a bordo de un submarino, de un presupuesto de 150.000 dólares, con Jack Holt y Ralph Graves. Capra se las arregló para que Holt hiciera una escena a bordo de un avión, pese a su fobia por las aeronaves. Curiosamente, volvería a rodar escenas aéreas con él en Flight.

La llegada del sonido no fue un trauma para Capra, como demostró en The Younger Generation y The Donovan Affair (1929). El director superó los problemas de unas cámaras demasiado ruidosas, a la vez que definía cada vez más un estilo que mezclaba comedia con historia romántica. Y lograba privilegios nunca vistos en Columbia, como el de mandar a positivar varias tomas de un mismo plano: el truco era no parar la cámara para que aquello fuera considerado como una sola toma. Capra se acercaba más y más a su meta secreta: ganar un día el Oscar al mejor director, de momento se convirtió en miembro de la Academia. Y la fortuna le sonreía, pese al crack del 29, que afectó a su paquete de acciones.

Ladies of Leisure supuso el encuentro de Capra con dos importantes personajes: el guionista Jo Sterling (que se atrevió a decir que el guión original del film era basura: él le dio la vuelta) y la actriz Barbara Stanwyck (a la que inicialmente había rechazado). Capra asegura que se enamoró de la actriz, y que sólo su amor más grande por Lucille Reyburn (pronto su esposa) le evitó intentar algo con ella. El film fue un éxito, pero no hubo nominaciones para los Oscar: Columbia todavía no tenía el status de major. Una posibilidad surgió al ser prestado a la Metro para dirigir un film. Pero fue despedido por un malentendido. Myles Connolly, uno de los mejores amigos de

Capra, pinchaba al director: "Tienes una mente pequeña. Tus películas son postales cuando podían ser Capillas Sixtinas y Monas Lisas". Los reproches surtieron efecto: Capra se esforzó más en Rain or Shine y Dirigible. Y el siguiente proyecto le ligó con Robert Riskin: Miracle Woman se basaba en su obra de teatro. Kohn se asustó con el tema del film, que parecía tomarse a broma la religión, al presentar a una mujer que aprovecha los sentimientos religiosos de la gente para enriquecerse; pero Capra le tranquilizó, y hasta le confesó que de muchacho se había planteado ser sacerdote. El film, que mezclaba humor y espíritu crítico, fue protagonizado por Barbara Stanwyck. No dejó satisfecho al director, que a continuación se refugió en una comedia más segura: Platinum Blonde. Su siguiente film, Forbidden, fue vapuleado por la crítica sin piedad, a pesar de las actuaciones de Barbara Stanwyck, Adolphe Menjou y Ralph Bellamy. Por este tiempo, Capra se casa con el amor de vida: Lucille Reyburn.

En 1932 Estados Unidos vive a fondo su Gran Depresión. Capra decide abordar la cuestión de frente, evitando argumentos escapistas, en American Madness: el retrato del presidente de un banco (Walrer Huston), que hace préstamos confiando en la buena fe de la gente, con la oposición de otros banqueros más "realistas", atrajo al público y encajaba con la política del New Deal de Roosevelt. Pero comenzó a formarse la idea entre cierta crítica de que Capra era un director que vivía en las nubes: el idealismo de sus historias lo consideraban ridículo. La amargura del general Yen (The Bitter Tea of General Yen) fue una apuesta decidida de Capra por el anhelado Oscar. La historia de amor entre una misionera americana y un señor de la guerra chino tenía fuerza, y un marco maravilloso. Repetía de nuevo Barbara Stanwyck, mientras que Nils Asther daba vida a Yen. La película inauguró el Radio City Music Hall; pero fue prohibida en los países de Commonwealth y no tuvo menciones de la Academia.

Estando Capra en el peluquero del Hollywood Athletic Club, un terremoto sacudió Los Ángeles. Era 1933. El director, como tantos ciudadanos, salió corriendo asustado. Una vez pasado el peligro, regresó al local, y fue a la sauna. Se encontró allí a John Ford, uno de sus ídolos. “-¡Vaya terremoto!, ¿eh, señor Ford?” Sin levantar la vista del periódico, contestó: ''¿Qué terremoto?". Tras presentarse, Capra le pidió su opinión sobre un asunto de recortes de sueldos de los cineastas, que se iba a tratar en una reunión de la Academia. Ford, mientras seguía leyendo el periódico, contestó: "Todo eso es un montón de mierda".

La siguiente película de Capra, Dama por un día (Lady for a Day), fue un bombazo. La estrecha colaboración del director con Robrert Riskin continuaba; ambos hicieron entrañable la historia de la anciana vendedora de manzanas, que debe simular pertenecer a la alta sociedad por la inminente boda de su hija. May Robson fue una magnífica Annie Manzanas. El film tuvo 4 candidaturas a los Oscar, pero no se llevó ninguno; la decepción de Capra fue grande, sobre todo por el equívoco que provocó el galardón al mejor director: se llamó a Frank para recogerlo, pero no era Capra, sino Frank Lloyd. Sin embargo, el director se resarció con su siguiente película, la inolvidable Sucedió una noche (It Happened One Night, 1934). Cohn no estaba muy convencido de que una película que transcurre en parte en un autobús pudiera ser un éxito. Pero un guión ingenioso (con la célebre alusión a la caída de las murallas de Jericó, la canción del autobús, y Claudette Colbert haciendo autostop) y dos actores carismáticos (Clark Gable, cedido por la Metro, y Claudette Colbert, conseguida in extremis) hicieron una película deliciosa. El film se llevó los cinco Oscar más importantes: película, director, guión, actor y actriz; algo que no se repitió hasta los años 70.

Pero con el éxito vino la enfermedad. Algo que nació como una simulación para darse importancia, según confiesa Capra, se convirtió en real. Parecía tuberculosis, pero la cosa no era clara. El caso es que estuvo cerca de la muerte. En éstas recibió la visita de un curioso personaje que cambió su vida. Nunca supo su nombre; sólo que era conocido de un matrimonio amigo, los Winslow. El hombrecillo le espetó estas palabras: "Es usted un cobarde. Y lo que es más triste, una ofensa a Dios. ¿Oye a ese hombre?" (se refería a la radio, donde se escuchaba a Hitler) '¿A cuántos habla? ¿15, 20 millones? ¿Y cuánto tiempo? ¿20 minutos? Usted, señor, puede hablar a cientos de millones, durante dos horas. Y en la oscuridad. Sus talentos, señor Capra, no son suyos por derecho propio. Dios se los ha dado. Y cuando usted no usa esos dones, ofende a Dios y a la humanidad. Que tenga un buen día,” El tipo se fue, y Capra tomó una mayor conciencia de su responsabilidad como cineasta y como persona. Aquel discurso le llevó a acercarse al confesionario de una iglesia. Y le devolvió, además, las ganas de vivir.

De vuelta al trabajo, buenas noticias aguardaban a Capra. Cohn le ofrecía un contrato por 6 películas, 100.000 dólares por película y un 25% de los beneficios. ¡Unas condiciones increíbles! Pero Frank sabía ahora que lo más importante no eran el dinero o los Oscar: quería hacer buenas películas, que llegaran a la gente, y que dijeran algo. Y encontró un tema interesante en Opera Hat, de Clarence Buddington Kelland, que convirtió con Riskin en El secreto de vivir (Mr. Deeds Goes to Town). La historia de un tipo básicamente bueno (Gary Cooper), que hereda una fortuna, dio mucho de sí. Servía para hablar del egoísmo que devora a las personas, y de la responsabilidad con que debía usarse el dinero en tiempos de depresión. A la gente le encantó un personaje que aunaba las virtudes del hombre corriente con la grandeza de un Abraham Lincoln y un Daniel Boone; que se hundía, pero lograba sobreponerse a los obstáculos. También cautivó el personaje de Jean Arthur (Capra dijo que era su actriz favorita), una periodista que se aprovecha de la ingenuidad de Cooper, para al final arrepentirse. Los hermanos Coen rindieron homenaje a esta pareja de personajes, años más tarde, en El gran salto. Capra logró otro Oscar como mejor director. Riskin y Cooper no tuvieron igual fortuna, a pesar de estar nominados. Poco antes, a finales de 1935, Capra había accedido a la presidencia de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood. El italoamericano lidió con boicots y huelgas, y se puede decir sin exagerar que evitó la desaparición de la Academia. Su posición le permitió conocer al director soviético Serguei Eisenstein, que admiraba sus películas y le invitó a Moscú; cuando fue allí, le apenó ver a un Eisenstein al que las autoridades impedían hacer cine. Cuando en 1939 dejó la presidencia de la Academia, pasó a liderar el Sindicato de Directores.

El siguiente proyecto de Capra, escrito con Riskin, se inserta plenamente en su deseo de entretener y hacer pensar al espectador. Horizontes perdidos (Lost Horizon, 1937) transcurre en el utópico Shangri-La, un monasterio tibetano donde van a parar varios personajes tras estrellarse el avión en el que viajan. A lo largo del film Ronald Colman, el protagonista, se debate en la duda de si es posible que exista un lugar así, donde la felicidad es un hecho, o si se trata de un fraude. Aunque se trata de un relato con poesía, Capra buscó realismo. Aquello tenía que parecer el Tibet, y la tormenta de nieve que provoca el accidente debía ser creíble. Se alquiló un inmenso almacén frigorífico de Los Angeles, y se convirtió en estudio, para las escenas del monte nevado. Las condiciones de trabajo fueron duras, con escenas rodadas bajo cero, de modo que los actores, al hablar, exhalaban un aliento gélido. Tras una sesión test para ver la reacción del público, Capra tomó la audaz decisión de desechar dos rollos de película. Acertó, y el film puso definitivamente a Columbia en la primera división de los estudios cinematográficos, a pesar de ganar sólo un Oscar, al mejor montaje.

Sin embargo, la relación con Cohn sufrió un desgaste tremendo cuando Capra descubrió la existencia de una película titulada If You Could Only Cook. El film, protagonizado por Jean Arthur, se había estrenado en Londres sin demasiado éxito. La cosa no tendría mayor trascendencia si no fuera porque el nombre de Capra encabezaba el film, y por el pequeño detalle de que él no la había dirigido. Aunque Kohn trató de restar importancia al hecho de haber usado el nombre de Capra para vender un film mediocre en el extranjero (le ofreció la mitad de los beneficios obtenidos con este truco), el director no lo vio del mismo modo. El enfado fue monumental, y supuso un largo pleito entre Capra y Columbia; lo peor es que Capra nos privó un año entero de sus films en un momento en que su genio creativo alcanzaba sus cotas más altas, pues estaba ligado laboralmente a Cohn, que ni le encargaba películas ni le rescindía el contrato. Tras varias resoluciones judiciales en su contra, Capra logró una, definitiva, que le apoyaba. Tenía al viejo Kohn entre las cuerdas, y éste, humillado, acudió a casa de Capra con rosas para Lucy y bandera blanca. El director tenía la cabeza de su jefe en las manos: si se iba de Columbia, Kohn caería como presidente. Capra, sabedor de la valía como cineasta de ese hombre que le llamaba familiarmente Dago, decidió olvidar el asunto. Kohn, agradecido, compró los derechos de una obra ganadora del Pulitzer, que Capra deseaba con locura: Vive como quieras (You Can't Take It with You).

James Stewart, Jane Arthur, Lionel Barrymore, Edward Arnold… Capra reunió un estupendo reparto para describir, con Riskin, las andanzas de la familia Vanderhof, cuyo patriarca ha transmitido a los suyos el lema «vive como quieras». Su hija lo tomará al pie de la letra para conseguir al chico que ama; lo malo es que él es hijo de Kirby, un magnate presuntuoso que quiere la propiedad de los Vanderhof por cuestión de negocios. Capra definió el film como una parábola sobre «el amor al prójimo». El estreno de la película coincidió con una desgracia para los Capra: en 1938 tienen dos hijos (Frank Jr. y John) y otra en camino (Lulu), una emergencia obliga a llevar al pequeño Johnny al hospital; la cosa no parecía grave, pero el chiquillo muere. Los aplausos a la película no pueden llegar a los oídos de los Capra, rotos de dolor. El film dio a Capra su tercer Oscar al mejor director; también logró e! de mejor película.

El siguiente film de Capra, Caballero sin espada (Mr. Smirh Goes to Washington), uno de los más perfectos del director, tenía más de un punto en común con El secreto de vivir. Un tipo provinciano e ingenuo era elegido senador de los Estados Unidos, a la hora de defender sus idealistas proyectos, se topaba con la política real y la gente sin escrúpulos. El film se rodó en parte en Washington, y se construyó en estudio, con gran fidelidad, el decorado del Senado. Riskin se había ido a la Metro; para escribir el guión, Capra contó con Sidney Buchman. De nuevo el reparto (James Stewart, Jean Arthur, Edward Arnold, Claude Rains, Tommy Mitchell) fue estupendo. Superada una huelga de directores, Capra hizo su film. En lo que se equivocó, fue en la promoción. Pensó en un estreno en Washington, con apoyo de la cúpula política. No funcionó. Muchos politiquillos se sintieron ofendidos, por la crítica a la burocracia o el desencanto de muchos senadores, por no decir la villanía de uno de ellos. Además, algunos lo consideraron inoportuno, ya que el film llegaba al poco de estallar la Segunda Guerra Mundial: podía servir al enemigo para ridiculizar la democracia. No pensaron lo mismo público y crítica, encantados con la película. Y Capra la defendió con palabras de! protagonista del film: «La libertad es demasiado preciosa para ser enterrada en los Libros». Aunque el film logró 9 candidaturas a los Oscar, sólo se llevó uno; era el año en que barría Lo que el viento se llevó. Con Caballero sin espada, Capra cumplía el contrato de 6 títulos con Columbia. Era el momento de buscar nuevos aires.

Capra creó en 1939 su propia compañía de producción, con Robert Riskin. La aventura de la independencia creativa, aunque un fracaso desde el punto de vista económico, haría escuela en un Hollywood dominado por las majors. David Selznick le ofreció sitio en su estudio de Culver City. Juan Nadie (Meet John Doe), el primer film independiente de Frank, iba dirigido, según confesión del director, a ganarse el aprecio de la crítica. Sea como fuere, la historia de un hombre que se erige en representan te de la gente corriente (los miles de 'Juan Nadie' que pueblan el mundo), hasta crear una corriente política, con su ascenso y caída, era coherente con la filmografía capriana. De nuevo el reparto era de ensueño: Gary Cooper, Barbara Stanwyck, Edward Arnold, Walter Brennan, James Gleason… El problema que tenía la película, y que llevó de cráneo a Capra y Riskin, era el final. ¿Cómo acaba una historia tan poderosa? Juan Nadie ha encandilado a la gente, pero de pronto descubren que es un fraude, él ha llegado a creerse su papel y está desesperado: se dispone a cumplir la amenaza de suicidio que tanto impresionó a la opinión pública. Y... ¿y qué? Capra rodó cinco finales distintos, sin estar seguro de cuál utilizaría. Sólo lo decidió después de hacer tests con público, y de recibir una carta de un espectador anónimo que firmaba Juan Nadie, le recomendaba que los otros Juan Nadie del film persuadan al protagonista para que no salte al vacío. Al poco de terminar el film nacía Tom, el cuarto hijo de Capra; y moría la anciana madre del director.

Al director italoamericano comenzaron a salirle muchas novias. Atractivas ofertas salieron de Warner, United Artists y Fox. Pero a la vez, Capra se planteaba seriamente ofrecer su talento al Ejército, en el Departamento de Propaganda. Así lo haría, pero después de una película rápida, cuyo objetivo principal era ganar dinero para su familia; se trataba de Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace), basada en un éxito teatral de Howard Lindsay y Russell Crouse. La historia de dos ancianitas dedicadas a liquidar con arsénico, por compasión, a tipos solitarios, era a la vez macabra e hilarante. Los derechos de la obra los tenía Jack Warner, y existía una cláusula por la que un film sobre esa historia no podía estrenarse hasta que dejara de representarse en Broadway. No parecía sencillo que Warner aceptara el rodaje de una película, y ésta durmiera enlatada varios años. Pero no sólo lo hizo, sino que se reunió un reparto estupendo, con Cary Grant, Josephine Hull, Jean Adair, Peter Lorre, John Alexander… El film se rodó en sólo 4 semanas, con guión de los hermanos Julie y Philip Epstein. En ese tiempo se produce el ataque de los japoneses a Pearl Harbour. Decididamente Capra, como tantos colegas del mundo del cine, se va a la guerra.

Capra no tenía ninguna necesidad de unirse al ejército. Es más, personalmente no le agradaba el «ordeno y mando», y dejaba a su familia sin sus importantes ingresos durante una temporada. Patriotismo, sacrificio… palabras hoy no muy de moda, pero que motivaron la decisión de Capra. Con grado de mayor (llegaría a coronel), concibió la serie Why We Fight, siete impresionantes documentales que explicaban a los soldados lo que se estaba dilucidando en el cruel conflicto bélico, el porqué de su lucha. El desafío era enorme, pues nunca Capra había abordado el género documental. Le ayudó a afrontar el proyecto conocer a un militar que le produjo una fuerte impresión: el general George C. Marshall. El director vio además -superando las estúpidas pegas de la burocracia militar, que lo consideraba material clasificado- el terrible pero impactante film nazi El triunfo de La voluntad, de Leni Riefenstahl. Capra consideraba básico conocer las películas nazis y japonesas, e incluso usar sus imágenes en sus propios documentales. Las películas de Capra impresionaron a Roosevelt, Churchill y Stalin, y le valieron la Medalla del Servicio Distinguido. Su último documental, Two Down and One to Go, tenía una parte animada hecha con Walt Disney, y sirvió para preparar a los soldados para el fin victorioso de la guerra y la vuelta a casa. Con este historial no deja de ser hilarante que, años más tarde, Capra fuera sospechoso de comunista en la tristemente célebre caza de brujas. Aunque quién no lo fue en ese esperpéntico Hollywood.

Capra no fue el mismo después de la guerra, como les ocurrió a tantos otros. La experiencia de ese horror le había marcado. Había visto muchas muertes, había sido testigo de las lágrimas del almirante Nimia por sus soldados muertos… Pero había que volver al tajo: a hacer películas. Capra seguía con su sueño de independencia, de modo que creó, con William Wyler, George Stevens y Samuel Briskin una compañía con el significativo nombre de Liberty Films. La idea era buena, pero acabó mal. Sin duda se adelantó a su tiempo. Liberty llegó a un acuerdo con RKO para hacer 9 películas (Wyler, Stevens y Capra harían 3 cada uno). Sin embargo sólo se hicieron 2, por mano de Capra. Luego hubo que pactar la disolución de la compañía.

El primer film de Capra para Liberty fue ¡Qué bello es vivir! (It's a WonderfuL Life, 1947). La historia tenía su origen en el breve texto de una felicitación navideña de Philip Van Doren: a un hombre la vida se le pasa ayudando a los demás,  cuando llegan los malos tiempos, al borde del suicidio, un ángel le hace ver lo que habría sido la vida de sus semejantes si él no hubiera existido. Con guión de Albert Hackett y Frances Goodrich, y unos inolvidables James Stewart, Lionel Barrymore, Donna Reed y Henry Travers, ¡Qué bello es vivir! se ha convertido en la película navideña por excelencia. Sin embargo, en el momento de su estreno, y a pesar de las buenas expectativas (nominaciones al Oscar incluidas), no funcionó. Una equivocada promoción, una historia que en los años de postguerra no interesaba… Ninguna explicación ha resultado satisfactoria del todo para el que luego ha llegado a ser el film más popular de Capra.

Aunque algo decepcionado, Capra se embarcó en su segundo proyecto Liberty, para la Metro: El estado de la Unión (State of the Union, 1948). La pareja protagonista era excepcional: Spencer Tracy y Katherine Hepburn (ésta sustituyó a Claudette Colbert), y estaba arropada por secundarios como Angela Lansbury, Adolphe Menjou y Van Johnson. El film era una divertida sátira política, pero, al igual que ocurrió con Caballero sin espada, tuvo la virtud de poner nervioso a algún politiquillo que lo veía poco menos que antipatriótico y peligroso. La caza de brujas complicaba aún más las cosas. Pese a todo, se arregló un estreno para la Asociación de Periodistas de la Casa Blanca, a la que asistió el mismísimo presidente Truman ¿La historia se repetía? No del todo: hubo entusiasmo, incluido el presidencial. El éxito no salvó sin embargo a Liberty; Capra pasaba a depender de Paramount. El final de su carrera fílmica se acercaba, aunque nada permitiera predecirlo.

El mundo del cine empezaba a cambiar, y Capra lo iba a sufrir en sus carnes. Los presupuestos de los films bajaron en Paramount, y esto perjudicó al director, curiosamente, en la era de la televisión, fueron los films monumentales (y caros, por tanto), los que más ingresos obtuvieron. Además, cambios en la industria dieron un increíble poder, no conocido antes, a los actores y a sus agentes. Por otro lado, los contenidos también variaron. Los ideales de Capra no casaban con la guerra fría, o con un cine cada vez más abierto a la violencia y el erotismo; y él nunca abdicaría de sus creencias. Este conjunto de factores conformó un cóctel que frenó a Capra como director de cine. Se dedicó a otras tareas (asistencia, representando a su país, a reuniones de la UNESCO, o a festivales de cine; una serie televisiva sobre divulgación científica para Bell…) que le llevaron a lo que él mismo calificó de autoexilio. El programa televisivo Hemo the Magnificent provocó un curioso envío de un electricista, un auténtico Juan Nadie: una bandeja de oro, a modo de trofeo. Una carta explicaba: «No gano mucho dinero y no pretendo ser un Critico. Pero me gano la vida y reconozco el buen rato pasado con su programa. Por favor, acepte este galardón como reconocimiento al mejor programa de televisión que he visto nunca».

Pese a todo, Capra aún haría cuatro películas. Dos de ellas fueron remakes de títulos suyos: Lo quiso la suerte (Riding, High, 1950), con Bing Crosby (con él hizo también Aquí viene el novio (Here Comes the Groom, 1951)) y Un gángster para un milagro (Pocketful of Miracles, 1961). Esta última cerró su filmografía. A pesar de ser estupenda, y de constituir su única oportunidad de trabajar con Bette Davis, le dejó un regusto de amargura. El poder de las estrellas era muy fuerte, y Glenn Ford impuso algunos de sus criterios. Aceptarlo, para Capra, que pensaba que un director debía controlar todos los aspectos de su película, fue duro, una concesión imperdonable. Un anticipo de lo que era tratar con un divo lo había tenido poco antes con Frank Sinatra en Millonario de ilusiones (A Hole in the Head, 1959); aunque Sinatra no buscaba imponer sus ideas, el rodaje tuvo varios retrasos, y la película sólo se podía hacer con él.

A partir de aquí, y hasta su muerte en 1991, Capra vivió un apacible retiro. En 1971 causó sensación con la publicación de sus memorias, que llamó Frank Capra. El nombre delante del título, un resumen de su concepto de la importancia del director. Posiblemente es la mejor autobiografía de un director de cine. John Ford dijo de ella que era «el único balance auténtico que he leído sobre Hollywood»


Fuente: José María Aresté – CINERAMA, Marzo y Abril de 1999

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