Miércoles, 08 de Septiembre de 2010
Buscador
Lista de Correo
Suscribirse Darse de baja
MIS INMORTALES DEL CINE
 
Jean Harlow

Jean Harlow
 

Jean Harlow

Cuando llenaba la pantalla con arrolladora exuberancia nada podía anunciar que Harlow se convertiría en una de las figuras más patéticas de la historia negra de Hollywood. Aunque su enfermedad no parecía excesivamente espectacular (un desafortunado ataque de uremia), sus consecuencias fueron fatales. Y cuando se apagaron los esplendores de su cuerpo, las malas lenguas revelaron que, tras los destellos más rutilantes, bien podía esconderse una escabrosidad para uso y abuso de revistas sensacionalistas. Un par de biografías con aureola de escándalo sexual forjaron para la posteridad una sucia leyenda. La criatura dorada que fue Harlow pasó a engrosar la lista de víctimas del falso sueño de Hollywood, como una Gail Russell o una Frances Farmer. Pero éstas no llegaron a alcanzar la fama, y Harlow, por el contrario, se convirtió en mito. Ni siquiera un escándalo anterior consiguió descomponer la imagen de diosa del sexo que el público se había formado de ella (el escándalo consistía en un marido que se suicidó al descubrirse impotente).

El mundo reaccionó con dolor ante la muerte de Harlow. Dejaba un amante tan desconsolado como famoso (el gran actor William Powell) y una película por terminar (Saratoga, junto a Clark Gable). La Metro supo capitalizar el dolor de las multitudes organizando un entierro como se recuerdan pocos en Hollywood. Con no menos motivos, la Metro capitalizó también el último éxito de su rubia platino. En realidad, Saratoga fue terminada por una doble y, aunque esto se nota en el filme, no fue obstáculo para que se convirtiese en uno de los mayores éxitos de 1937.

Harlow personificó los aspectos más agresivos de la sexualidad de los años treinta (Mae West aparte), pero su tipo físico no tardó en pasar de moda. Esto importó poco. La inmortalidad cinematográfica tiene sus propias ironías. El personaje de Harlow fue recuperado por Marilyn Monroe, quien lo enriqueció con su magia personal y aquellas dotes para la ternura que la hicieron única en el mundo del erotismo. Y cuando en la década de los setenta se puso de moda la recuperación de los thirties -ya en diseño, ya en vestuario o grafismo-, la imagen de Harlow reapareció como un extraño fetiche de la nostalgia destinado a adornar ceniceros, pañuelos y hasta cortinas. (Para estos casos se la prefirió con el famoso déshabillé que lucía en una secuencia del filme de Cukor Cena a las ocho).

¿Fue Harlow una simple vampiresa? La crónica camp, mal informada, no suele revestirla con mejores atributos. Pero al revisar sus mejores comedias nos damos cuenta de que fue algo más. A partir de un momento determinado de su carrera sus interpretaciones fueron muy apreciadas por la crítica (contrariamente a lo que se cree o recuerda). Su especialidad fue la comedia, no en la línea distinguida e irreprochable de una Irene Dunne ni mucho menos en la alocada sofisticación de una Carole Lornbard, pero sí como la exacta personificación de una cierta vulgaridad americana, pero tan lúcida que es capaz de burlarse de sí misma. Alguien ha dicho que, a partir de sus vampiresas explosivas, señoritas de pasado dudoso y hembras de violentas reacciones eróticas, Harlow consiguió retratos tan extraordinarios de la vulgaridad como del impulso sexual. De lo primero hay una muestra fehaciente en el ya citado Cena a las ocho, donde Harlow incorporó todos los tics de una sociedad de nuevos ricos al interpretar a la esposa, chabacana y hasta estúpida, de Wallace Beery. De lo segundo dio muestras excepcionales al enfrentarse al erotismo machista de Clark Gable en Tierra de pasión (Red Dust, 1932). La confrontación tuvo lugar en plena selva tropical, y fue agresión erótica pura. Dos seres que han vivido demasiado se enfrentan al sexo lejos de toda inocencia.

Cuando la Metro volvió a oponer a la pareja en un tema similar pero menos osado –Mares de China (China Seas, 1935)-, el erotismo cinematográfico sufrió una nueva sacudida. Y cuando Harlow intentaba ridiculizar a una remilgada Rosalind Russell en la cena del capitán Gable, la impertinencia femenina tuvo uno de sus momentos más brillantes.

Lo extraordinario del caso es que, partiendo de papeles tan arquetípicos. Harlow consiguiese levantar su reputación como intérprete. La comédienne que había en ella llegó a ser apreciada por encima de la aparente ramera. Partiendo de aquel tipo dudoso que le había impuesto la productora, consiguió estar memorable. Y cuando la Metro intentó colocarla en algún melodrama romántico con pretensiones de mayor finura -como Jugando a la misma carta (Personal Property, 1937), junto a Robert Taylor-, los críticos suplicaron que regresase a su especialidad anterior. La muerte lo impidió.

Si la provocación erótica de Harlow constituyó uno de los más conocidos espejos de los años treinta, justo es insistir en que no todas sus interpretaciones se basaron en este esquema. Si revolucionó la década con su potencial erótico, también es cierto que incorporó algunos de sus tics preferidos, entre ellos el de la modernidad a toda costa. Llegó incluso a cantar, con voz ajena, en La indómita (Reckless, 1935); participó con fino instinto en una de las mejores caricaturas del mundo de Hollywood -Polvorilla (Bombshell, 1933)-, y dominó a la perfección la técnica de la alta comedia frente a enemigos tan peligrosos como Myrna Loy y Spencer Tracy (Entre esposa y secretaria, 1935). Igualar a tan magnífica pareja ya fue toda una proeza.

Cuentan sus biógrafos que su primer papel destacado, y el que atrajo sobre ella la atención del público, se lo dio Howard Hughes en Ángeles del infierno (Hell's Angels, 1930), reputada aventura de aviadores y papel bombón por cuanto incorporaba a la mujer-sexo a un mundo típicamente masculino. Pero los admiradores más avispados recordaron sus orígenes en una corta y glamourosa aparición en un filme de Stan Laurel y Oliver Hardy (ella bajaba de un coche, Stan le pisaba involuntariamente la cola del vestido y ella seguía avanzando con las piernas al aire). Otros seguidores provistos de mayores conocimientos la localizaron como extra, sentada en una mesa, en la escena de cabaret del filme de Chaplin Luces de la ciudad.

Su repercusión popular empezó a partir de un filme de Capra, La jaula de oro (1931), cuyo título original (Platinum Blande) le valió su apodo más famoso: «la rubia platino». Y como sucedió con muchas otras estrellas de los años treinta, su popularidad irradió con mayor fuerza cuando entró a formar parte del fastuoso elenco de la Metro. Fueron esos estudios los que edificaron y promocionaron su imagen definitiva.

El imperio de la curva (sin llegar al imperialismo de Mae West). La sonrisa desafiante. La mirada agresiva, los personajes que ya están de vuelta de todo (en Mares de China se llamaba nada menos que China Doll). El peluquero y los modistos hicieron el resto. Rubia platino, rubia ceniza o rubia-nieve. Vestidos de satén ajustados como una segunda piel. Y alguna que otra pluma adornando los provocativos déshabillés que tanto le gustaba lucir.

Con estos ingredientes y algunas parejas memorables -Gable, Tracy, Powell, Beery, Franchot Tone e incluso Cary Grant en Suzy-, Harlow jugó al amor como si fuese un riesgo unas veces y como un juego en otras. Fue una dualidad que apasionó al público de los años treinta. Ella utilizó el erotismo para distraerlos de la Depresión y las catástrofes que se anunciaban.

Dos décadas después de su muerte, la literatura más oportunista buceó en su vida privada para sacar a relucir los aspectos escandalosos a que me he referido antes. Era el lado deprimente, fatal, de aquella sexualidad que se había manifestado alegre y confiada. Como en el caso de Valentino o Errol Flynn, víctimas de parecidas biografías post mortem, las revelaciones sobre Harlow constituyeron pura basura. Pero fueron sin duda necesarias para comprender el infierno que puede esconderse tras el paraíso de las imágenes.

Al socaire del escándalo, se rodaron en 1965 dos filmes biográficos: Harlow, la rubia platino, con Carrol Baker, y Harlow, con Carol Linley. Ambas actrices viéronse obligadas a renunciar a ellas mismas para dar en lo posible el tipo físico que el original había hecho inolvidable. Como suele suceder, el original salió victorioso en una pugna que no había la menor necesidad de establecer. (Carrol Baker conoció una pequeña carrera en el cine americano a partir de su asombrosa revelación en Baby Doll, escabroso tema de Tennessee Williams dirigido por Elia Kazan. No fue una actriz con excesiva suerte y terminó en Europa, España incluida, desaprovechándose en westerns baratos y comedias «eróticas». En cuanto a Carol Linley, fue una de las más populares adolescentes de los años cincuenta en América, al estilo de Sandra Dee. Al crecer reveló un talento insospechado, que ni siquiera la mala idea de interpretar a Harlow consiguió ocultar por completo. Pero su carrera tampoco prosperó, lamentablemente. ¡Como si la maldición de la rubia platino se hubiese cebado sobre sus dos imitadoras!)


Fuente: Terenci Moix – ABC, recopilados y publicados por La Editorial Planeta, 1996

Comentarios
Comentarios (1)
1 - Alfredo Guevara (11/04/2009)
Magnifico articulo. Sinceras felicitaciones. Solo una observacion: en "Entre esposa y secretaria" el co-protagonista era James Stewart; no Spencer Tracy.
Añadir comentario