
Gary Cooper nació el 7 de mayo de 1901 en la pequeña ciudad de Helena, capital del Estado de Montana. En realidad, se llamaba Frank James Cooper y era el segundo hijo de un matrimonio de emigrantes ingleses. Su padre, Charles Cooper, era un abogado de Birmingham que había decidido probar fortuna en el Nuevo Continente ante las halagüeñas perspectivas que un hermano suyo le había hecho concebir acerca de lo que entonces se conocía como «fiebre del oro». No obstante, al poco tiempo, se impuso su espíritu práctico y decidió ejercer su antigua profesión, llegando a ser juez del Tribunal Supremo de Montana.
Mientras que su padre se adaptó bastante bien a la nueva situación -gustaba recorrer a caballo los grandes espacios libres de su Estado y acercarse a los poblados indios de las colinas próximas a su ciudad-, su madre no acababa de acomodarse a una civilización que consideraba salvaje, y en su fuero interno soñaba con regresar algún día a sus raíces. Deseaba para sus dos hijos una educación similar a la que ella recibiera en su puritano Kent natal y no cejó hasta persuadir a su marido para que consintiera en que los chicos se trasladaran a estudiar a Inglaterra.
Frank y su hermano mayor abandonaron los verdes pastos de Montana y se matricularon en la misma escuela de Bedfordshire en que su padre había estudiado. Poco a poco su típico acento yanqui fue adquiriendo inflexiones británicas. Hubieran llegado a colmar las esperanzas de su madre de no haber ocurrido algo que hizo cambiar el rumbo de los acontecimientos: el estallido de la Primera Guerra Mundial. Tras cuatro años de ausencia, los Cooper regresaron precipitadamente a Helena. La adolescencia de Frank en Montana estuvo marcada por la frustración. Al no poder, debido a su corta edad, ir a la guerra con su hermano, abandonó los estudios y decidió dedicarse a las tareas campestres, ayudando a su madre en la granja de 240 hectáreas que poseían. Allí aprendió de todo: desde ordeñar una vaca hasta imitar el grito de los coyotes.
Terminada la contienda, Frank se matricula en una escuela de Agricultura a fin de perfeccionar esa mezcla de caballero-ranchero que parecía colmar en cierta medida las ilusiones maternas.
Pero un accidente de automóvil le rescató de semejante suerte. Se fracturó la cadera y, como forma de recuperación, los médicos le aconsejaron que montara a caballo. Hora tras hora, día tras día, Frank se dedicó a cabalgar incansablemente, adquiriendo así esa perfección que más adelante le sería indispensable para su entrada en el mundo del cine. Hasta pasados los cuarenta años, y gracias a los rayos X, no llegó Cooper a saber que su fractura nunca se curaría del todo. Esta fractura imprimió a sus andares esa peculiaridad que tanta fama le ha dado y que nadie ha identificado con su defecto físico.
Jamás fue un buen estudiante. Sólo por complacer a su familia se inscribió en el Grinnell College de Iowa, cuando en realidad su ambición consistía en trasladarse a Chicago y matricularse en una escuela de arte.
Mientras completaba sus estudios, Frank frecuentaba el club de arte dramático del colegio. Pero más que representar comedias, lo que le atraía verdaderamente era el dibujo, y en especial la caricatura y el apunte humorístico, que empezó a cultivar con desigual fortuna en el Independent, un diario de Helena.
En 1924, aprovechando un viaje de su padre a Los Angeles, Frank se traslada a la capital del cine. Sus miras no estaban puestas en el mundo de los estudios cinematográficos, sino en la abundancia de periódicos y revistas, en los que esperaba triunfar como ilustrador y caricaturista.
La lucha fue dura. La mayoría de las veces, sus dibujos eran rechazados o, en todo caso, mal pagados. Como su orgullo le impedía reconocer el fracaso y pedir ayuda, buscó otros empleos para subsistir, como ayudante de fotógrafo o agente de publicidad de una firma especializada en anuncios en cines. Hasta que un día, cuando vagaba ensimismado por Hollywood Boulevard, preocupado por su difícil situación económica, tuvo un encuentro afortunado que cambió de improviso el rumbo de su vida.
Atildado caballista
Al principio sólo eran unas voces que le resultaban familiares y al mirar en esa dirección no divisó más que a dos vaqueros. Pero cuando se acercó, comprobó que eran dos amigos de la infancia que se encontraban tan escasos de dinero como él. Trabajaban como «especialistas» o simples «extras» en la recién creada industria del cine.
Por aquel entonces existía una gran demanda de muchachos que supieran mantenerse sobre un caballo, para hacer de figurantes en las muchas películas de «caballistas» (todavía no se llamaban westerns) que inundaban el mercado. Frank se animó y se presentó en los estudios, donde no fue bien recibido. Iba vestido demasiado elegante, y sus maneras resultaban harto afectadas para un caballista. Pero sus amigos alegaron que era el mejor jinete que había en todo Montana, y Cooper, como demostración, arruinó su mejor par de pantalones mordiendo el polvo como el que más. Al día siguiente estaba contratado.
Sus padres estaban horrorizados, pero de momento permanecieron a su lado. Pronto, Frank se convirtió en el campeón de las caídas. El trabajo era continuo y no estaba mal pagado. Al cabo de cierto tiempo, no obstante, empezó a preocuparse por su estado físico, temiendo que cualquiera de esas caídas fuera la última. Además, se había enterado de que el famoso caballista Tom Mix, que protagonizaba uno de los filmes en que él era figurante, cobraba 17.000 dólares semanales. «Me dije entonces que yo podía hacer otro tanto." Cansado de caerse, gracias a su padre conoció a la estrella Marilyn Milis, que había formado su propia productora especializada en westerns de dos a cinco rollos. Frank figuró por primera vez en los créditos al aparecer en dos de estos featurettes, como eran llamados, personificando a un villano.
Por esa época consiguió atraer la atención de Nan Collins, quien más tarde se convertiría en una agente de prestigio. Su primer consejo fue que cambiara de nombre, pues ya existían dos Frank Cooper en el cine y además no le gustaba. Nan era oriunda de Gary, en Indiana, y le sugirió que lo adoptara como nombre. En adelante, su representado se llamaría Gary Cooper. También fue ella quien decidió que si los estudios no le solicitaban pruebas, Gary debía hacerse las suyas propias. De modo que con sus últimos sesenta y cinco dólares, Cooper alquiló un caballo, una cámara y un operador. Hizo lo único, lo mejor que sabía entonces: cabalgar, caerse del caballo y «morder» el polvo, como de costumbre; aunque, eso sí, con aquella sonrisa tan característica. Nan envió la prueba a John Waters, director especializado en los westerns populares de la Paramount, basados en relatos del novelista Zane Grey. A Waters le agradó el muchacho larguirucho y tímido y anotó su dirección para futuros proyectos.
Entretanto, Samuel Goldwyn había encargado a Henry King el rodaje de The Winning of Barbara Worth (Flor del desierto). La pareja estelar estaba constituida por Vilma Banky y el sobrio actor británico Ronald Colman, y se necesitaban caballistas. Nan envió a Cooper con sus pruebas debajo del brazo. Inmediatamente fue contratado para un corto papel, con el salario de cincuenta dólares a la semana.
La producción se hallaba a la espera de Harold Goodwin, que iba a desempeñar el segundo papel masculino del filme, un vaquero sentimental y enamorado. Transcurría el tiempo y Goodwin no se presentaba; Henry King decidió entonces que Gary Cooper asumiera el personaje en cuestión, con un aumento de quince dólares sobre los cincuenta estipulados.
Cuando el filme se estrenó surgió inmediatamente la pregunta: ¿Quién es el muchacho que muere como un héroe en los brazos de Ronald Colman? ¡Qué personalidad! ¡Qué naturalidad! Gary Cooper no era todavía una estrella, pero a partir de entonces jamás volvería a ser un extra.
Clara
The Winning of Barbara Worth había despertado el interés no sólo del público, sino de la Paramount, que esta vez le contrató con un salario de ciento cincuenta dólares semanales. Pero también había suscitado la atención de una persona destinada a ocupar un capítulo muy decisivo en su vida, no sólo artística, sino privada: la rutilante actriz Clara Bow.
Aunque Cooper lo negara posteriormente, alegando que todo había sido un plan publicitario previamente concertado entre la columnista Hedda Hopper, Clara Bow y él mismo, lo cierto es que entre el joven que prometía y la chica con «It» (adjetivo inventado por la novelista «rosa» Elynor Clyn) surgió un auténtico romance que se prolongó durante vanos meses.
Según Joe Morella y Edward Z. Epstein, biógrafos de la actriz, Clara sucumbió a los encantos de Coop apenas verlo en el estudio, y lo solicitó como compañero para su famosa película It (Ello). Sus amores fueron tumultuosos. Clara era una mujer sexualmente insaciable. Con frecuencia, tras una interminable noche de amor al lado de Gary, cuando éste abandonaba su casa, ella tomaba su convertible y se lanzaba a la búsqueda de otros hombres. Gary lo sabía, y las escenas de celos entre ellos eran terribles. Pese a que su matrimonio llegó a anunciarse en la prensa, nunca tendría lugar.
Clara era demasiado independiente y Coop sumaba a la humillación de conocer sus continuas infidelidades y de tener que resignarse momentáneamente a ellas, el suplicio de que se le conociera como «The It Boy».
Tras It, donde su papel era insignificante, Clara Bow volvió a imponerlo en Children of Divorce (Hijos del divorcio). Por primera vez en su vida, Coop tuvo que actuar, lo que no le resultó nada fácil, en especial en las escenas de amor, que tan generosamente prodigaba fuera de la pantalla con su compañera. «Haré de él un actor aunque tenga que matarle», aseguraba Frank Lloyd, realizador del filme.
La esperada oportunidad para confirmar su personalidad le llegó con su primer cometido estelar en Arizona Bound (Camino de Arizona) que dirigió John Waters,
La campaña publicitaria orquestada por la Paramount en torno a Gary Cooper se mantenía firme, pese a que el actor continuaba interpretando pequeños papeles, como en Wings (Alas), de William A. Wellman. El filme -considerado hoy como un clásico en el género-, además de incorporar sonido en algunas de sus espectaculares secuencias de aviación, demostró de una vez por todas que el público se hallaba interesado en el «joven cadete que muere, tan atractivo, tan natural». A partir de entonces todo sería más fácil para Cooper. Ya no tendría que aceptar más cometidos menores, a no ser por voluntad propia. Y lo que era más importante: había comenzado a desarrollar una técnica particular en sus escenas de amor frente a la cámara, como se puso de manifiesto en Beau Sabreur.
En 1928 todas las revistas de cine designaban a Cooper como «el gran tipo», mientras la publicidad anunciaba a Fay Wray y a él como «la gloriosa pareja de enamorados de la Paramount». No cabía duda de que ya era una estrella. Pero su prueba más decisiva en este período fue el tránsito del cine mudo al sonoro. Los dirigentes de la Paramount, temerosos de tener que archivar toda la producción muda por entonces en rodaje si el nuevo sistema triunfaba, decidieron experimentar con tres filmes en los que intervenía Cooper.
En The Shopworn Angel (El ángel pecador). Gary se limitaba a decir: «Sí, quiero», mientras su oponente Nancy Carroll interpretaba la balada A Precious Litlle Thing Called Love.
Los otros dos filmes fueron Woif Song (El canto del lobo) y Betrayal (Perfidia). Con ellos finalizaba la etapa muda de Cooper y se iniciaba un nuevo período que, si en el plano artístico iba a ser el más decisivo de su carrera, en el plano sentimental suponía la ruptura con Clara Bow y un nuevo romance con otra actriz, la temperamental Lupe Vélez, apodada «la gata salvaje» de Hollywood.
El Cooper de los primeros años, seductor y mujeriego, estaba bien lejos de la imagen seria, honrada y fiel con la que alcanzaría más tarde el estrellato.
Lupe
En Wolf Song, las escenas de amor entre Gary Cooper y la mexicana Lupe Vélez no necesitaban dirección. Una vez más, la realidad había sobrepasado la ficción. El suyo fue un idilio que duró dos años, con nido de amor incluido, en un chalé de las montañas de California, cuyas paredes, según los vecinos de entonces, se estremecían con los ecos que despertaban las furibundas discusiones de la pareja, seguidas de no menos ruidosas reconciliaciones.
El romance no era bien visto por los directivos del estudio, que tuvieron que enviar a Coop a Europa para recuperarse del rodaje de Wolf Songo y no estaban dispuestos a permitir más escándalos alrededor de su prometedor galán, como el provocado por Lupe en pleno café Madame Helen cuando mordió a Coop en el lóbulo de la oreja mientras gritaba «l loo-ve you, Gary». Pero, sobre todo, horrorizaba a la madre de Coop, que decidió tomar cartas en el asunto, haciendo estallar la furia latina de Lupe, «No soy lo bastante buena para él», dijo a la prensa. «Lo sé. Pero al menos traté de hacerle feliz, y lo conseguí. Hubiera hecho cualquier cosa por él. ¡Su mamá! Espero que nunca tenga que derramar las lágrimas que yo vertí por su hijo. No la odio hasta ese punto. Ella le contó que cuando yo estaba en Nueva York veía a otros hombres. Le dijo que le había sido infiel. Y él lo creyó.»
Efectivamente, Coop, respetuoso de la autoridad materna, abandonó a Lupe y siempre conservó un tierno recuerdo para ella en el fondo de su corazón, pese a los cada vez más tormentosos romances de Lupe con Johnny «Tarzán» Weissmuller, Clark Gable, Ernest Hemingway, el presidente Roosevelt y otros muchos amantes, que terminarían en 1944 con su ritual suicidio en el mismo refugio de Laurel Canyon, en donde, entre arañazos, bofetadas y puntapiés, Gary y ella compartieron inolvidables horas de pasión.
La barrera del sonido
EL vehículo que la Paramount eligió para familiarizar a su flamante estrella con la nueva técnica del cine sonoro fue The Virginian, primer filme importante que se iba a rodar casi íntegramente en exteriores.
The Virginian era el tercero de los muchos remakes que tendría la célebre novela de Owen Wister. El éxito del filme fue instantáneo. Cooper fue aclamado como el legítimo sucesor de William S. Hart y Tom Mix. A sus admiradores les gustó el insólito realismo (el actor Randolph Scott, nativo de Virginia, le enseñó la pronunciación característica de la región) y la autoridad que supo imprimir a su papel. Especialmente, una línea de sus diálogos causó sensación: durante una partida de póquer en un típico saloon, el villano (Walter Huston) se dirige a Cooper y le espeta: «Tu turno, hijo de perra…» Y Cooper, con una voz tan suave como la caricia que imparte a su pistola, que reposa sobre la mesa de juego, le contesta: «Cuando me llames por ese nombre, sonríe.» En esta secuencia emergía Gary Cooper como la auténtica esencia del cowboy, como héroe americano. Atrás quedaba la época del «It Boy».
A continuación Coop se vio obligado a rodar seis películas apenas destacables, que únicamente sirvieron para confirmar su status de estrella y su carisma, que no le abandonarían hasta la tumba.
Y llegó Morocco (Marruecos), de Josef von Sternberg, película ramosa, entre otras cosas, por ser la primera vez que un director y una estrella extranjeros eran importados para trabajar en Hollywood. La estrella era Marlene Dietrich. Entre ella y Gary se estableció inmediatamente una corriente de simpatía mutua. Todo lo contrario que hacia el meticuloso y rígido Sternberg, con el que Cooper tuvo serios enfrentamientos. Famosa es la anécdota del plano en que el actor tenía que abofetear a un extra, plano que el realizador obligó a repetir nada menos que ciento sesenta y tres veces.
En otra ocasión, mientras, según su costumbre, Sternberg dirigía a Marlene en alemán. Cooper se hizo el dormido, excitando la irritabilidad del director con sus estruendosos y estudiados ronquidos. «Si tiene usted sueño, puede marcharse a casa» -le dijo-. «iOh, no! -replicó cáusticamente Cooper-. Lo único que sucede es que estamos en América y no comprendemos su idioma.» El rodaje se suspendió ese día, pero a partir de entonces Sternberg se ciñó a su inglés a regañadientes.
Marruecos había salvado a la Paramount de la bancarrota y a Cooper de la mediocridad de los títulos que siguieron a The Virginian. Y aunque al actor le había agradado trabajar junto a Marlene, se arriesgó a una suspensión por parte del estudio, al negarse a intervenir de nuevo junto a ella en Dishonored (Fatalidad) si la dirigía, como así ocurrió, Josef von Sternberg.
La condesa
Durante el rodaje de City Streets (Las calles de la ciudad), de Rouben Mamoulian, película con la que la actriz teatral Sylvia Sidney alcanzó el estrellato en un papel que estaba destinado a Clara Bow, Cooper, que consiguió a su vez una de sus interpretaciones más culminantes, perdió cinco kilos y finalmente sufrió un desvanecimiento. El médico que le atendió fue tajante: «Le recomiendo que deje de hacer películas a pares. Le recomiendo también que ponga tierra de por medio y se aleje de Hollywood lo antes posible y por un largo espacio de tiempo.»
Era el verano de 1931 y Cooper había asumido tres comprometidos papeles estelares en apenas seis meses. Para reponer energías emprendió un viaje por Europa, que le llevó en primer lugar a Venecia. Al comienzo de su estancia en 1talia, Cooper se dedicó a descansar en solitario. Pero su amor propio se vio herido cuando comprobó que lejos de su patria nadie le reconocía por la calle.
Una carta de su amigo, el productor independiente Walter Wanger, vino a sacarle de su alarmante estado de depresión. «Te sugiero que vayas a Roma -le decía- y visites a una amiga mía, la condesa Dorothy di Frasso, que vive en un lugar llamado Villa Madama. Su residencia es una especie de casa abierta para celebridades, realeza y gente así. Te recibirá con los brazos abiertos.»
Así sucedió, y Coop quedó encantado del ambiente mundano que encontró en Villa Madama. Y, sobre todo, le gustó la condesa, hija del multimillonario americano Bertrand L. Taylor. Años más tarde, Dorothy confesaría a su confidente, la famosa «comadre» de Hollywood Elsa Maxwell: «Amé a Gary, y fui y siempre seré su amiga.»
Pero el estudio comenzó a enviar telegramas que reflejaban su nerviosismo, y con evidente desgana Coop tuvo que regresar a Hollywood, antes de conseguir el total restablecimiento, para hacer el filme His Woman (Una mujer a bordo), al lado de Claudette Colbert. Durante el rodaje, Gary perdió trece kilos, llegando a adquirir una perniciosa anemia, por lo que demandó del estudio unas nuevas vacaciones, que le fueron negadas.
Con permiso o sin él, en octubre de ese mismo año, Cooper volvió a unirse a la alegre comitiva de Dorothy di Frasso, con la que marchó a un safari en Tanganika. Aunque sus ilusiones de conseguir alguna memorable proeza cinegética fallaron por completo -corno él mismo confesó luego-, Africa le fascinó y le recordó los espacios abiertos de su nativa Montana. Hacía tiempo que el actor no lo pasaba tan bien.
Su existencia habría continuado así indefinidamente si la Paramount no hubiera tomado sus medidas. Para amenazar la supremacía de Cooper, el estudio acababa de descubrir a un joven actor de origen inglés, alto, esbelto y de similares características a Coop, Archibald Leach, a quien rebautizaron con el nombre de Cary Grant (¿mera coincidencia de anagramas?). Este hecho, unido a la circunstancia de que su cuenta corriente estaba prácticamente a cero, hizo retornar al hijo pródigo, siempre acompañado por la fascinante condesa.
En lugar de la esperada reprimenda, a Coop le aguardaba un próximo aumento de salario y varias ofertas de trabajo más acordes con su notable talento. Pero, sobre todo, le esperaba algo que estaba muy lejos de su pensamiento: una esposa.
«Rocky»
Prestado ocasionalmente a la Metro para el rodaje de Today We Live (Vivamos hoy), excelente filme bélico dirigido por Howard Hawks según una novela de William Faulkner, Cooper se encuentra con el refinado director artístico de aquella productora, Cedric Gibbons, uno de los más célebres decoradores de Hollywood y diseñador de la estatuilla del premio Oscar. Un día de 1933, Gary conoce, en una fiesta ofrecida por Gibbons y su esposa Dolores del Río, a la sobrina de éste, Veronica Balfe, más conocida por Rocky.
Rocky poseía su propia fortuna, era una de las chicas predilectas de la alta sociedad norteamericana y se movía con soltura en los entornos de Southampton, Park Avenue y Palm Beach. Hijastra del multimillonario Paul Shields, director de la Bolsa de Nueva York, había probado fortuna en el cine bajo el seudónimo de Sandra Shaw, obteniendo sendos pequeños papeles en King Kong (cortado posteriormente en el montaje) y en Today We Live, junto a Joan Crawford y el propio Coop.
Según Elsa Maxwell, cuando el noviazgo entre ambos era inminente, Rocky invitó a la condesa a Mocombo, un club ambiguo al que sólo tenían acceso las mujeres y en donde casualmente se hallaba presente Lupe Vélez. Con gran aplomo, Rocky dejó sobre la mesa un par de gemelos y una botonadura de esmeraldas que la condesa había regalado a Coop con motivo de uno de sus cumpleaños. «Gary –le dijo- ya no tendrá que volver a usarlos.» La condesa hizo un elegante mutis, y Lupe volvió a mascullar su eterna frase: «Tengo que ser libre.»
El camino había quedado expedito para Gary y Veronica. Hubo un ligero titubeo familiar acerca de la conveniencia de que Rocky uniera sus destinos a los de un actor de cine cuya popularidad -éxitos artísticos aparte- se hallaba cimentada en sus públicos romances. Pero Gibbons disipó las dudas de los padres de Rocky al asegurarles que la educación de Coop no tenía nada que envidiar a la de cualquier graduado de Vale o Harvard.
La boda se celebró en la residencia de la familia Balfe, en Park Avenue, el 15 de diciembre de 1933, dentro de la más estricta intimidad. El novio contaba treinta y dos años y la novia veinte.
Cera moldeable
A raíz de su matrimonio, Cooper entra en un fructífero período durante el cual haría sus mejores películas. Tras el meritorio esfuerzo por adaptarse a la comedia de boulevard en Design for Living, (Una mujer para dos) de Ernst Lubitsch -historia de un desenfadado ménage a trois terriblemente insólito para la época-, Cooper, mientras discute los términos de su nuevo contrato con la Paramount, interpreta para la Metro Operator 13 (La espía número 13), filme a la mayor gloria de Marion Davies, por aquel entonces amante del magnate de la prensa William Randolph Hearst.
El primer filme del nuevo contrato de Cooper con la Paramount, por cinco años, a razón de seis mil dólares semanales, fue Now and Forever (Ahora y siempre), dirigido por Henry Hathaway, uno de los realizadores favoritos del actor. Cooper hacía de padre de Shirley Temple, la estrella infantil que por aquel entonces entusiasmaba al público.
Mientras el estudio buscaba desesperadamente un nuevo guión que conviniese a Cooper, Samuel Goldwyn, productor independiente, lo pidió prestado para The Wedding Night (Noche nupcial), a las órdenes de King Vidor.
The Lives of a Bengal Lancer (Tres lanceros bengalíes), de Henry Hathaway, uno de los más célebres filmes de aventuras de la época, lo colocó en el pináculo de la popularidad y provocó la indignación de sus admiradores al no ser nominado para el Oscar.
Peta Ibbetson (Sueño de amor eterno), de nuevo a las órdenes de Hathaway, fue una de las más bellas y poéticas historias de amor que se han filmado, aunque en Estados Unidos no obtuvo el éxito que en verdad merecía. Sin embargo, en Europa, tanto en el momento de su estreno como después, está considerada como una auténtica obra maestra que el paso de los años sólo ha conseguido acreditar.
Mejor fortuna tuvo Desire (Deseo), de Frank Borzage, en donde volvían a reunirse los máximos astros de la Paramount (Coop y Marlene) bajo la supervisión de Ernst Lubitsch. En 1936 tiene lugar un histórico encuentro ante las cámaras: Frank Capra y Gary Cooper realizan Mr. Deeds Goes to Town (El secreto de vivir), película que supuso para el actor lo que It Happened One Night (Sucedió una noche), también de Capra, fue para Clark Cable.
Capra se había negado a contratar otro actor que no fuera Cóoper, y, como en el caso de Cable en el mencionado filme, acertó plenamente en su elección. El secreto de vivir fue seleccionada por la crítica de Nueva York como la mejor película del año y además conquistó el segundo Oscar para Capra y la primera nominación para Cooper, quien, ante los ojos del público se convirtió en el ejemplar apóstol del valor y la personificación ideal de la honestidad, el idealismo y la integridad.
El 15 de septiembre de 1937, cuatro meses antes del cuarto aniversario de boda, nace Marie Veronica, única descendiente del actor. «Estoy realmente orgulloso de que haya sido una niña -confesó Coop-; las chicas tienen casi todo lo que los hombres y algo más: son más bonitas.»
«Biopics»
La primera vez que Gary Cooper encarnó una figura histórica fue en The Plainsman (Buffalo Bill), de Cecil B. de Mille, donde, pese al título español, interpretaba al legendario aventurero del Oeste Wild Bill Hickok. Este filme, de gran éxito popular, sería el comienzo de una larga serie de biopics (contracción de biographical pictures: películas biográficas) que le llevarían a interpretar personajes reales de toda índole, los cuales enriquecerían notablemente su profunda versatilidad artística, incrementando, si cabe, su desbordante popularidad.
El primero de la serie, y tal vez el menos conseguido, fue The Adventures of Marco Polo (Las aventuras de Marco Polo), de Archie Mayo, que no convenció ni al público, ni a la crítica, ni al propio Coop, a pesar de su capacidad de fascinación exótica.
El siguiente empeño, por el contrario, fue un acierto. Con Bluebeard's Eight Wife (La octava mujer de Barba Azul), Coop volvía a los brazos de Lubístch y la Paramount en una alta comedia, sumamente divertida, al lado de la picante Claudette Colbert.
Alternando con típicas películas de acción como Beau Geste, de William A. Wellman; The Real Glory (La jungla en armas), de Henry Hathaway; North West Mounted Police (Policía Montada del Canadá), de Cecil B. de Mille, primer filme en color en la carrera de Coop, o The Westerner (El forastero), de William Wyler, Coop, antes de reemprender su etapa de biopics, reincide con otro personaje calcado del Longfellow Deeds de El secreto de vivir. Se trata de Meet John Doe (Juan Nadie), de nuevo a las órdenes de Capra.
La serie continúa y Coop encontrará en ella uno de sus mejores personajes, en la que sería tal vez la mejor biografía filmada por Hollywood: Sergeant York (El sargento York), dirigida por Howard Hawks. En un principio, Gary se mostraba reacio y sólo aceptó a petición del verdadero sargento Alvin C. York, un modesto granjero de Tennessee que, de objetor de conciencia, se había convertido en héroe de la Primera Guerra Mundial. Anteriormente había acertado al rechazar Gone with the Wind (Lo que el viento se llevó), pero en esta ocasión América entera estaba convencida de que nadie podría encarnar al personaje mejor que él. Y Coop no se arrepintió de aceptar el reto. El filme fue un gran éxito y le valió su primer Oscar. Al recogerlo de manos de su amigo James Stewart, dijo en su breve discurso: «No es Gary Cooper quien ha ganado este trofeo. Ha sido el sargento York, porque habiéndole conocido, he tratado simplemente de reflejarlo como él es.»
Una nueva biografía, la del jugador de béisbol Lou Gehring -The Pride of the Yanquees (El orgullo de los yanquis), de Sam Wood-, refrendó las altas cotas a las que había ascendido su carrera en esos momentos. En ella existía una frase que Coop repetiría durante la guerra en la infinidad de visitas que haría al frente: «Me considero hoy el hombre más dichoso que pisa la tierra.»
Otro héroe -aunque menos popular que los anteriores- fue el abnegado médico militar de The Story of Dr. Wassell (Por el valle de las sombras), de Cecil B. de Mille. Y cerrará la serie un personaje de carácter autobiográfico: el Robert Jordan de For Whom the Bell Tolls (Por quién doblan las campanas), escrito por Ernest Hemingway.
Patricia
A finales de 1939, cuando concluyó su contrato con la Paramount, Coop prefirió no renovarlo y trabajar independientemente, con los espléndidos resultados antes reseñados. En 1944 llegó más lejos: fundó su propia productora, la lnternational Pictures. Pero la compañía tendría corta vida: la intrascendente comedia Casanova Brown y el curioso western Along Came Jones (El caballero del Oeste). Según confesaría Cooper, ser actor y productor a la vez «era una constante fuente de quebraderos de cabeza».
Bajo nuevos contratos como independiente, Cooper interpretó con variada fortuna Saratoga Trunk (La exótica), de Sam Wood; Cloak and Dagger, de Fritz Lang; Unconquered (Los inconquistables), de Cecil B. de Mille, y Good Sam (El buen Sam), de nuevo a las órdenes de Wood.
Con este último, cuyo éxito reanimó su en parte estancada carrera, se cerraría un ciclo artístico que coincidiría con un cambio crucial en la vida privada de Coop.
El actor había firmado un contrato con la Warner para seis películas. Fue precisamente su mujer quien le sugirió la idea de que la primera de ellas podría ser una adaptación de un best-seller que acababa de leer: El manantial. La Warner adquirió los derechos pensando en Barbara Stanwyck como oponente de Coop, pero el director King Vidor la rechazó por considerarla muy madura. El papel le fue otorgado a Patricia Neal, joven y desconocida actriz que acababa de revelarse fulminantemente en Broadway. Durante el rodaje surgiría la última -y tal vez la más turbulenta historia de amor en la vida de Coop. Pese a ser visualmente exquisita y de arrolladora fuerza emocional, The Fountainhead (El manantial) fue injusta y unánimemente condenada por los críticos.
Cuando Patricia y Gary iniciaron su segunda película juntos -Bright Leaf (El rey del tabaco)-, el romance era ya del dominio público, Rocky, católica, jamás consentiría en otorgarle el divorcio, Existe la duda de si realmente él lo deseó en esos momentos. Patricia y Gary vivieron apartados, acosados por la prensa. La sociedad hollywoodense los rechazaba abiertamente, y puertas que siempre habían estado abiertas se cerraron de modo brusco. En un intento de dar cierta dignidad a la situación, Coop y Rocky se separaron oficialmente. Pero no por ello dejaban de verse. Hedda Hooper narró así su llegada a una fiesta: «Coop estaba con Patricia en el bar; Rocky llegó con Peter Lawford y se sentaron a una mesa, Más adelante, Cooper se dirigió a Rocky y estuvo charlando con ella.» Esto era sólo un pequeño recordatorio para que Patricia no olvidara que seguía siendo un hombre casado. Finalmente, viendo que no había esperanzas para ella, Pat abandonó con elegancia a Coop y regresó a Nueva York.
El héroe solitario
Este período, tan conflictivo en lo sentimental, coincidió con el de menor brillantez de toda su carrera, destacando únicamente el modélico y escueto filme de aventuras Distant Drums (Tambores lejanos), dirigido por Raoul Walsh.
Coop se encontraba en su más bajo momento artístico, pese a que sus fans continuaban siéndole lides. Y entonces le ofrecieron la que sería sin duda su más famosa película: High Noon (Solo ante el peligro), dirigida por Fred Zinnemann.
Tan pronto como leyó d guión, comprendió que él, y sólo él, podía interpretar ese papel. «En él vi -dijo- la representación gráfica de todo lo que mi padre me había enseñado de pequeño.» Cooper, terriblemente introvertido, era exacto al pertinaz y un tanto quijotesco sheriff Kane, perfecta síntesis de humanidad, fuerza e integridad, que, como el actor, tiene siempre que enfrentarse a sus problemas en solitario.
Con este western, clásico como el que más, Cooper consiguió su segundo Oscar, pasando a formar con Fredric March y Spencer Tracy el privilegiado trío de astros que habían obtenido la codiciada estatuilla en dos ocasiones. Tras este nuevo triunfo personal, Coop vuelve la espalda a Hollywood y regresa a Europa, donde trata de recordar y reconquistar los días allí pasados en su juventud. En esta ocasión se le recibe en olor de multitud. Pero al poco tiempo regresa a América para trabajar en lo suyo: hacer cine, Los médicos de París le habían detectado una úlcera, señal inequívoca de que se estaba haciendo viejo.
El desmoronamiento
Gary Cooper había cumplido cincuenta y tres años y se sentía solo. En su vida sentimental, tras el hueco y la profunda huella que en él dejara la ausencia de Patricia Neal sólo se le habían conocido dos romances de carácter pasajero y claramente publicitarios con la actriz francesa Gisèle Pascal, que luego sería la amante de Rainiero de Mónaco, y la modelo de igual nacionalidad Lorraine Channel. Se sentía enfermo y deseaba tranquilidad. Su hija Marie le sugirió una entrevista con el Papa. Fue el primer indicio de una posible reconciliación con su esposa. Al poco tiempo, Gary Cooper se convertía al catolicismo.
The Court Martial of Billy Mitchell, de Otto Preminger, fue la última de sus biografías sobre personajes históricos. A ésta siguió la mejor de todas sus películas en esta fase final de su carrera: The Friendly Persuasion (La gran prueba), de William Wyler, Palma de Oro en el Festival de Cannes y con seis nominaciones para el Oscar. En Love in the Afternoon (Ariane), de Billy Wilder, había un hecho innegable: pese al uso de los filtros, Coop resultaba excesivamente «viejo» para suscitar credibilidad en su historia con Audrey Hepburn. Pero su dominio de la técnica y la pericia de Wilder dieron como resultado una de sus más divertidas comedias.
Man of the West (Hombre del Oeste), de Anthony Mann, considerado hoy como un «western freudiano», resultó una sorpresa incluso para sus propios artífices. Filme hasta cierto punto modesto, consiguió, no obstante, enormes ingresos en taquilla. Como sucedió con The Hanging Tree (El árbol del ahorcado), de Delmer Daves, en donde la antigua lesión de cadera que sufría hizo que en algunas de sus escenas a caballo tuviera que ser doblado.
El actor se sentía cansado y su imagen física se veía seriamente deteriorada, pese a que circularon rumores de que se había sometido a la cirugía estética. Durante el rodaje se temió que no pudiera finalizar la película. Coop prometió a su médico que se tomaría un descanso, pero cuando pusieron en sus manos el guión de They Came to Cordura, de Robert Rossen, no pudo resistir la tentación, sobre todo por el reto que suponía para él interpretar por vez primera a un cobarde. Tras la filmación, Coop hubo de ser hospitalizado y operado de estómago. Seis semanas más tarde, apenas recuperado, tuvo que ser ingresado de nuevo en una clínica de Bastan para ser intervenido en la próstata. La cruel realidad era que el cáncer se extendía rápidamente por todo su cuerpo. Otro hombre hubiera esperado lo inevitable. Pero no Cooper, que volvió a ponerse de nuevo ante las cámaras en The Wreck of the Mary Deare (Misterio en el barco perdido), de Michael Anderson.
Fred Zinnemann, el hombre que le había hecho ganar su segundo Oscar, lo quería para The Sundowners, pero resultaba notorio que la salud de Cooper no podría resistir los rigores de un rodaje duro y casi totalmente en exteriores en Australia. En su lugar marchó a Inglaterra para rodar The Naked Edge (Sombras de Sospecha), de Michael Anderson, estrenada después de su muerte y que él jamás llegó a ver. A los pocos días de terminar el rodaje, Cooper se enteró de que su cáncer de pulmón no tenía operación.
El 8 de enero de 1961, sus compañeros le ofrecieron un homenaje en el Club Friar, en Hollywood, en el que Audrey Hepburn leyó un poema compuesto por ella. Todos sus amigos estaban a su lado: actores, directores, productores. Sabían que Coop se iba para siempre. Desde su podio y bravamente, como en El orgullo de los yanquis, Gary volvió a decir por última vez su famosa frase: «Hoy me considero el hombre más dichoso de la tierra.»
En febrero de 1961 voló hasta Nueva York para narrar El verdadero Oeste, un documental para la televisión. Sólo pudo trabajar un par de horas, debiendo regresar a su tanque de oxígeno. Ese mismo mes, en la ceremonia anual de la entrega de Oscars, su íntimo amigo James Stewart, con lágrimas en los ojos y voz temblorosa, aceptaba en su nombre el premio honorífico que la Academia otorgaba «a Gary Cooper, por sus inolvidables interpretaciones y por el reconocimiento que como ser humano se ha ganado dentro de la industria cinematográfica».
Dos días después, su agente hacía pública la noticia de la mortal enfermedad que le aquejaba. El público, sorprendido, inundó su hogar de millares de cartas. Entre la correspondencia recibida había testimonios del presidente Kennedy y de la reina Isabel II de Inglaterra, un honor que pocas personalidades del cine ostentaban hasta entonces.
Cuando se aproximaba el final, Cooper, obligado a permanecer en el lecho, se mantenía a base de sedantes. Su viejo amigo Ernest Hemingway, confinado también en un hospital, le telefoneó. Coop le dijo: «Te apuesto lo que quieras a que yo estaré bajo tierra antes que tú.»
El 13 de mayo de 1961, seis días después de cumplir sesenta años, Gary Cooper fallecía, dejando un hueco que nunca pudo ser reemplazado.

Gary, llamado en realidad Frank, Cooper, el más americano de los actores de Hollywood, era hijo de padres ingleses y su educación primaria la hizo en Inglaterra. El actor que hizo del yep su forma de decir sí (nunca otro actor pudo decirlo sin parecer imitarlo), el hombre del oeste ideal, es decir el vaquero por antonomasia, era un hombre elegante, sofisticado y, ¡asombro!, urbano. Pero fue llamado Frank en homenaje al más reticente hermano de Jesse James y vino a Hollywood para entrar por la puerta estrecha de los stuntmen (llamados dobles y también especialistas) como un espléndido jinete. Fue su elegancia al montar a caballo vagamente disfrazado de cowboy y su estatura (medía casi dos metros) y su belleza lo que lo distinguieron del multitudinario elenco de los extras.
Surgió de este mundo anónimo, donde hizo casi cincuenta películas como ente indiscernible, en The Winning of Barbara Worth (Flor del desierto), dirigida por uno de los grandes de Hollywood, Henry King, injustamente olvidado siempre por los críticos. (Otro director que favoreció a Cooper, Hanry Hathaway, fue sistemáticamente eliminado de las listas de Los Grandes). Su agente Nan Collins (que pasó a la historia del cine por serlo) le cambió el nombre para Gary, casi un homenaje a la ciudad, entonces un pueblo de Indiana, en que nació Cooper. Después de innumera veces de, como dice el crítico René Jordán, “galopar hacia la cámara, mirar a sus posibles espectadores y caer entonces de su caballo”, Gary Cooper “me cogió el ojo”, como dijo el malaprópico productor Sam Goldwyn, y lo vigiló en su vigilia de un solo ojo para darle un papel importante –después de haber sido protegido por otra mujer, la guionista Frances Marion (Gary Cooper siempre fue favorito de las mujeres, en la vida y en esa otra vida suya en la pantalla). Su verdadero comienzo ocurrió en El último forajido, donde compartió reparto con la voluptuosa y fatal Thelma Todd y, ¡sorpresa!, William Powell, que no era más que un íntimo villano. De cowboy pasó a ser playboy en Hijos del divorcio.
Era, por supuesto, tan lacrimógena como una cebolla y hecha tan rápido como permitían los 18 cuadros por segundo del cine silente. Al rodarla hubo que hacerle a Cooper veintitrés tomas, pero su compañera de reparto, la picante Clara Bow, se tomó mucho menos tiempo para meterlo en su cama, mientras el director Frank Lloyd, menos romántico, declaró: “Voy a hacer de Cooper una estrella aunque tenga que romperle el lomo”. (Que no es una mala metáfora, siendo Cooper como era un hombre de caballos). Pero fue el director Joseph von Sternberg (más adelante) quien terminó la película, con Cooper tan alto como era aterrado por el menudo Sternberg. Se llevaba mucho mejor con otra estrella pequeña, Clara Bow, con quien tuvo un romance, sonado aún para el cine mudo. Pero fue La Bow quien lo introdujo en su próxima película, una obra maestra dirigida por William Wellman llamada Alas. Cooper aparecía y desaparecía con igual velocidad, pero su veloz tránsito dejó ver que ya Gary Cooper era todo un actor y que bien podía olvidarse de lo que lo trajo a Los Angeles –y no fue Hollywood sino su obsesión de ser un caricaturista de un diario nacional.
Cooper había probado su madera de actor después de tocar madera y haber aparecido con el gran Ronald Colman y las estrellas silentes Vilma Bankly, Richard Arlan y Antonio Moreno. (En It, donde la muchacha que tenía it era Clara Bow, de la que Cooper pasó mucho trabajo para deshacerse de ella. Es obvio que era Cooper quien tenía el it). Después hizo Beau Sabreur, émula de Beau Geste, título que fue uno de sus grandes éxitos en su versión hablada de 1939. (En Beau Sabreur, Cooper tenía nombre de vino: Henri de Beaujolais). Luego estuvo en The Shopworn Angel. En su versión hablada de 1938 la estrella era su epígono y amigo James Stewart. Hablando de epígonos, sin Gary Cooper nunca habría existido James Stewart, pero tampoco Henry Fonda y todos esos galanes lacónicos que llegan hasta Clint Eastwood. La imitación del modo de caminar de Gary Cooper es típica de los actores muy altos, que se ven obligados a manejar las piernas como si les fuera difícil caminar, pero que crea un estilo de moverse. Un crítico sagaz, Juan Cueto, cuenta que vio varias veces Solo ante el peligro ¡sólo por mirar a Cooper caminar!
Su gran momento sin embargo llegó con El virginiano, basada en la novela homónima de Owen Wister, un clásico del oeste como libro, como film y hasta como serie de televisión. Aquí Cooper, jugando a las cartas contra el villano Trampas (encarnado por ese gran actor que fue Walter Huston, padre de John y abuelo de Anjélica), que en un momento de una mala jugada dice una mala palabra que hace de Cooper un canino, dice éste, apenas un murmullo en su primera película (mal) hablada: “Cuando quiera llamarme así, sonría”. La cinta está llena de murmullos y de música de yeps, que a veces Cooper varía hasta murmurar nope. Ya aquí Gary Cooper había depurado su técnica hasta alcanzar su estilo, que consistía en actuar para la cámara y murmurar al micrófono. Todos sus primeros directores desesperaban porque no sólo no veían a Cooper actuar, sino que ni siquiera entendían lo que decía. Verlo desde detrás del director era ver un actor que no actuaba. Grande sería la sorpresa durante la visión de los rushes (tomas diarias) y ver que Gary Cooper, que nunca había asistido a una escuela de actuación y esa escuela de escándalos voceados que era el teatro, creaba toda una escuela de héroes lacónicos. Luego explicaron que su estilo eran sus ojos y el director Anthony Mann elaboró la “teoría de los ojos claros”, que parecía ser una recitación en inglés de aquellos versos que dicen “ojos claros, serenos” –aplicados por supuesto a hombres, casi todos los machos del cine y otros tantos epígonos: James Stewart, John Wayne, Burt Lancaster, Henry Fonda, Paul Newman, Charlton Heston y esa bala perdida que es todavía Peter O" Toole. Luego, como siempre, Howard Hawks se apropiaría de esta teoría aria (con un judío por el medio, Paul Newman) y la limitaría a los ojos azules –olvidando que uno de sus actores favoritos fue el ojinegro Cary Grant, originalmente llamado Archibald Leach. (Por cierto el epónimo Cary, fíjense bien, viene de Gary).
Ahí viene Morocco y aquí llega Marlene Dietrich. En su primera película en Hollywood, dirigida por Joseph, entonces llamado Josef, von Sternberg –originalmente llamado Joe Stern. En Marruecos Marlene Diestrich es la devoradora de hombres (y una que otra mujer) y Gary Cooper es, por primera vez en su carrera, un matador de mujeres –que lo fue en la vida real. Después de Clara Bow, vino Lupe Vélez, llamada The Mexican Spitfire, apodo que luego se aplicó a un caza inglés en los años cuarenta. Sólo que Lupe era mexicana y armaba guerra ella sola. Todavía en Morocco, Cooper vuelve loca (que no viene de lacónica) a Marlene hasta que como gran finale la Dietrich decide seguir a Cooper (un legionario cuyas amantes hacen legión) desierto abajo y para ponerse cómoda se quita los zapatos y corre descalza por las cálidas arenas –que se harán candentes al mediodía. Pero no importa: más quema el fuego uterino.
City Streets (Las calles del hampa) fue dirigida por el afamado armenio Rouben Mamoulian, pero escrita por Dashiell Hammett, el autor de El halcón maltés. The Maltese Falcon, hecha dos veces en los años treinta y rehecha en 1941 por John Huston, con Humphrey Bogart. Pero el actor ideal para encarnar al “diablo rubio” que era Sam Spade fue Gary Cooper. Bogart nunca fue alto y rubio ni las mujeres se perdían por Bogey. Gary Cooper, al contrario, tuvo innúmeros enlaces legales y muchas mujeres de amantes, casi todas actrices que van de Clara Bow a Grace Kelly, ya casi anciano. Lo que King Vidor llamó “su reticencia natural” resultaba un valor añadido a su belleza y elegancia. Como coincidencia en otra de sus películas dirigidas por King Vidor, The Fountainhead (El manantial) tuvo como pareja dispareja a Patricia Neal, una de las mujeres más atractivas pero también más elusivas de Hollywood. El romance duró más que el rodaje de esta obra maestra atacada por los críticos como Gary Cooper arquitecto atacaba por los edificios feos: con bombas. Pero Patricia Neal resultó dinamita para Cooper, que hizo tambalear su matrimonio, quien no llegó a divorciarse de su mujer Rocky, que se negó al divorcio porque era una católica enragée: religiosa y rabiosa a la vez.
Su amigo Ernest Hemingway (se habían conocido después que Cooper había sido el héroe hemingwayeano en Adiós a las armas, que casi había sido un adiós a las almas por sus diversos y dispares finales). Pero Hemingway, a pesar de todo, la consideraba la mejor película hecha con una obra suya. (Se equivocaba EH –la mejor película fue Los asesinos, basada en uno de sus cuentos maestros). Cooper visitó a Hemingway en su finca de La Habana y se fueron de cacería a Idaho varias veces. En su última visita a La Habana se le vio con una cara de la que se le había ido la belleza y lucía abotargado, casi abofado. No era la edad sino una cirugía plástica que salió mal. Así hizo todavía dos o tres películas porque su vida era actuar. Cooper había creado un canon al que siguieron muchas estrellas masculinas y con su arte fílmico era uno de los pocos actores que en el cine han sido que no había hecho teatro ni estudiado en ninguna academia: había nacido para el cine y su economía de gestos y sus pocas palabras eran ideales para la pantalla. Como sus muchas mujeres, la cámara lo amaba.
Entre sus películas había unas cuantas obras maestras. La más temprana fue Mr. Deeds Goes to Town para Frank Capra, donde el diminuto director y el alto actor crearon la comedia social. En La octava mujer de Barbazul (y hay que notar cuántos de sus títulos incluían la palabra mujer) actuó para Ernst Lubitsch, el genio de la comedia austriaco, acompañado por la extraordinaria comedianta Claudette Colbert y con un guión de Billy Wilder (el primero de una serie) hacía de un Don Juan demasiado frecuente. The Westerner dirigida por William Wyler (no confundir con Billy Wilder quien advertido del despropósito de usar su nombre, dijo típico: "Wyler, Wilder, ¿qué más da?”). Fue uno de sus mejores oestes. Meet John Doe, de nuevo para Capra con otra comedia social –esta vez también sátira política. El sargento York en que fue una encarnación diversa sobre la biografía del soldado más decorado de la Primera Guerra Mundial, dirigida por Howard Hawks.
También para Hawks fue otra comedia maestra, Bola de fuego, haciendo de profesor chiflado para una Barbara Stanwyck, la encarnación del deseo, con guión de Billy Wilder. En El orgullo de los Yankees hacía de Lou Gehrig, uno de los peloteros más famosos de la historia del béisbol. Gehrig era zurdo, Cooper derecho y para crear la ilusión del jugador zurdo Cooper jugaba derecho y la cámara invertía sus movimientos hasta hacerlo parecer zurdo. Cooper pronunciaba aquí la conmovedora frase de despedida de Gehrig –que haría suya al despedirse del cine y de un homenaje de sus pares*. Esta película le consiguió una de sus muchas nominaciones al Oscar –que ganaría dos veces, con El sargento York y Solo ante el peligro. En esta High Noon se le veía envejecido antes de tiempo, pero con una actuación heroica y menos lacónica que en otros oestes. Su trágica determinación de librar al pueblo de que había sido sheriff fue casi un solo de Cooper ante la muerte inminente a manos de un forajido recién salido de la cárcel a la que le mandó Cooper. De nuevo reunido con Wilder, esta vez como guionista y director, en Ariane, haciendo casi un Humbert Humbert para la Lolita romántica de Audrey Hepburn, exhibía teórico un álbum de amantes como había tenido en la práctica de su vida amorosa. El año anterior había completado The Friendly Persuasion para su viejo amigo William Wyler. En 10 North Frederick hizo casi un papel romántico y a la vez cruelmente real, como el hombre ya más allá del otoño de su vida que encuentra la primavera del amor en Suzy Parker, que había sido una de las modelos más bellas de la moda internacional.
Después hubo algunas películas de mérito como El hombre del Oeste, El árbol del ahorcado y They Came to Cordura, en que Cooper era la cordura frente a la vesania de unos pocos. Misterio en el barco perdido precedió a otras mediocridades indignas de su arte y de su nombre y hasta hizo cameos y apariciones afortunadamente fugaces. El 13 de mayo de 1961, días después de haber cumplido 60 años, Cooper, que se había convertido en un hombre religioso (incluso visitó al papa) entregó su alma a su Creador. Los actores mueren mil veces en el cine pero el hombre muere sólo una vez en la vida.
*La frase dicha por Lou Gehrig en su despedida del béisbol y luego apropiada por Gary Cooper es patética porque es una declaración in articulo mortis: "Me considero hoy el hombre más feliz en la faz de la tierra".