Sábado, 31 de Julio de 2010
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Adiós a un genio iconoclasta
 
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El talento como castigo
 

Ivan Zulueta posa ante su obra, en el Koldo Mitxelena, San Sebastián, en 2002

Con Iván Zulueta desaparece un visionario excéntrico al discurrir prosaico del cine español, un experimentador iluminado que ha producido una obra tan escasa como preciosa e irrepetible. Y no sólo por su actividad en la producción cinematográfica, sino también en las artes plásticas, el cartelismo (carteles de Furtivos, Viridiana, Maravillas, Entre tinieblas) e, incluso, por su opción de un estilo de vida, bohemio, marginal, drogadicto y autodestructivo. Su producción se remonta a sus incursiones con una cámara de super 8 mm en su tierra, antes de emigrar a la capital y luego saltar a Nueva York, para vivir el mundo del pop-art desde su interior, admirar la eclosión de la cultura underground y observar el nacimiento del cine de vanguardia que estaba surgiendo como réplica al comercialismo de las factorías de Hollywood. Tras su paso por la Escuela Oficial de Cinematografía y sus colaboraciones con Jaime Chávarri, José Luis Borau le produjo su primer largometraje profesional, Un, dos, tres, al escondite inglés (1969), una cinta musical desaforada y teñida por su imaginativa sensibilidad pop, con Patty Shepard y Judy Stephen, que no fue cabalmente valorada. Luego colaboró, y no es irrelevante, con cineastas de la talla de Pedro Almodóvar (como operador en su etapa underground) y con Ricardo Franco, como ayudante de Los restos del naufragio (1978).

Y de pronto vino el inesperado fogonazo de Arrebato (1979), cuya semilla procedía de un cortometraje anterior suyo, Leo es pardo (1976), cuyo asunto se expandió, con la colaboración de Augusto Martínez Torres y de Antonio Gasset, hasta alcanzar la extensión de un largometraje que nos llevaba al otro lado del espejo. Arrebato engarzó libremente, pero con singular habilidad y aliento poético, los motivos del vampirismo, de la drogadicción, del voyeurismo, de las alucinaciones, del doble y de la cinefilia, con gran libertad, pero también con gran coherencia y madurez. Arrebato se erigió inmediatamente como un monumento solitario, en un filme de culto con ribetes de obra de arte maldita, aunque se le podían encontrar lejanos parentescos con obras tan singulares como Peeping Tom/El fotógrafo del pánico (1959) de Michael Powell, y El amigo americano (1977), de Wim Wenders. Arrebato desconcertó a los críticos convencionales, pero se instaló en el escaparate de las rarezas del cine experimental y de vanguardia, de adscripción inclasificable. Un filme mítico que, oportunamente, el año pasado se benefició de una remasterización que permitió una nueva y cuidada edición en DVD.

Tras unas fugaces aportaciones a la televisión (Párpados, 1989; Ritesti, 1991), Zulueta se recluyó en una clausura donostiarra autoimpuesta, de la que sólo le arrancó un homenaje personal que se celebró en el Festival de Málaga. Andrés Duque lo recuperó hace un par de años en un largometraje documental premiado con un Goya, en el que se atisbaba su soledad, paseando en albornoz por su caserón familiar, con una piscina vacía y llena de hojarasca amarillenta, exiliado del mundanal ruido para dialogar con sus fantasmas. Tal vez su genio heterodoxo y visionario ya no cabía en la industria audiovisual española. O tal vez su adicción a las drogas había instalado todas sus fantasías en un cerebro que era prisionero de sí mismo. Lo que es cierto es que Zulueta ha sido un personaje irrepetible y que nos ha dejado una de las obras más inquietantes de la historia de cine español.


Fuente: Román Gubern – EL MUNDO, 31 de diciembre de 2009

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