Sábado, 31 de Julio de 2010
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Iván Zulueta
 
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“Iván el terrible” por Jorge Berlanga
 

Fotograma de ARREBATO de Iván Zulueta

Últimamente, cuando se le llamaba a su casa donostiarra, Iván Zulueta ponía vocecita de anciana y se hacía pasar por su abuela. «No, Iván, no estaá…». Era una faceta más del ostracismo por el que había optado, en una obstinada misantropía que le hacía evitar a las amistades y cualquier asomo de vida social. Pero por fin en San Sebastián se le iba a hacer el homenaje merecido hace tiempo, con toda su obra pictórica y cinematográfica, como me contaba el perseguidor de mitos Luis Gasca hace pocos días, invitándome a acudir. Era una cuenta pendiente de su ciudad natal, tras varios ensayos en el Festival de San Sebastián, con el que siempre tuvo una extraña relación de amor-odio. Todavía recuerdo cuando, en alguna antigua edición, tenía que colarle en las fiestas, a las que no estaba invitado y en las que era casi considerado persona non grata. Pero así es la grandeza del artista singular e indómito al que nunca nadie pudo meter en vereda. La calidad del maldito que acaba siendo objeto de culto.

Más allá de su extraordinario talento como dibujante y cartelista, Ivan pasó a la celebridad minoritaria por sus inimitables películas, siempre señaladas por una exigencia esencial de modernidad. Todavía podemos disfrutar con la disparatada y sesentera «Un, dos, tres, al escondite inglés» y sus diálogos: «Mamá, en cuanto te dejo sola te haces psicodélica», igual que con sus cortos experimentales de asombro vanguardista como «Leo es pardo», o su obra más conocida, convertida ya en un clásico: «Arrebato», esa abismal y vertiginosa metáfora sobre la vampirización del cine hibridada con la adicción a la heroína.

Su meticulosa forma de trabajar, que algunos llamaban pereza, le hizo retirarse durante un tiempo, hasta volver a hacer dos películas para televisión que no gustaron, «Párpados» y «Ritesti». Eso le condujo al definitivo silencio y al exilio interior del que era difícil sacarle, mientras ahora, con su muerte, renacerán los éxitos que en vida se le negaron.


Fuente: LA RAZON, 31 de diciembre de 2009

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