Sábado, 31 de Julio de 2010
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Adiós a un genio iconoclasta
 
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"Iván, el mago" por Álvaro del Amo
 

El director (izquierda) junto al actor Will More durante el rodaje de la película 'Frenesí', escrita y dirigida por Zulueta

En 1964, apareció en la Escuela Oficial de Cinematografía un chico de San Sebastián, alto y desgarbado, de porte elegante, con una gran sonrisa que mostraba una enérgica dentadura. Iván Zulueta pronto se reveló como un tipo de alumno que no respondía a los modelos que bullían entonces en la EOC. Ni le interesaba la política ni mostraba la menor inquietud por incorporarse a la profesión. Su relación con el cine no se cocía en la reflexión, tampoco se dibujaba como una meta. El cine se diría que flotaba a su alrededor, de un modo ligero, distendido, evanescente, al tiempo que conformaba el propio aire que él respiraba.

Sonriente y encantador, contagiaba a quien podía soportarlo un gusto por el abismo, pues, en pura lógica, si el cine lo era todo, debía ser existencia, éxtasis y, claro, muerte. Su encanto se apoyaba en la pirotecnia de un mago, que se sitúa en otro plano, o contraplano, distinto. Escribir un guión con Iván era acompañarle en un viaje azaroso, con charlas caleidoscópicas, cenas tardías, sabiendo que iban a aparecer sustancias distintas, que no era preciso compartir.

Iván ha sido una figura muy española. El dandi admirado, pero a la postre marginado; el artista de talento, que habiéndolo demostrado todo, todavía le queda todo por demostrar; el cineasta que aquí llaman de culto, aunque sean poquísimos sus feligreses.

Inasible y tan próximo, difícil de tratar y entrañable, viajero de una época compartida que cuesta aún mirar con perspectiva, entre las múltiples imágenes que conservo de su presencia se ha impuesto una. Tras la proyección en la Escuela de Le feu follet, la película de Louis Malle, salimos los dos conmocionados, caminando hasta la calle Serrano, donde él tomó el autobús 1. Quizás Iván ha acabado teniendo razón y, como intuíamos, el cine no era más que un fuego fatuo.


Fuente: EL MUNDO, 31 de diciembre de 2009

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