Directores Los cuernos del caracol
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Imposible no recordar a Iván Zulueta en albornoz azul, en la casa recubierta de hiedra de su familia en San Sebastián, filmando con una pequeña cámara digital, con la felicidad de volver a mirar a través de un objetivo. El precioso documental de Andrés Duque, «Iván Z», lo devolvió a la vida pública por unos meses mientras él actuaba con una mezcla de pudor y orgullo, saliendo de su particular torre de marfil para demostrar que fue un maldito casi a su pesar. Lo habíamos perdido para la causa del cine español desde los años de «Arrebato», había recogido sus cuernos de caracol para convertirse en mito de una época. Era tarde para saber qué habría ocurrido si, después de esa disección del cine como ejercicio vampírico y retorno al paraíso envenenado de la infancia, hubiera seguido dirigiendo.
Perdimos, por supuesto, al cineasta que, en sus cortos, había sabido conjugar su hipersensibilidad pop con su querencia por formas experimentales que, por aquel entonces, sólo conocían los que habían tenido oportunidad de cruzar el charco. Los juegos de palabras de sus títulos («A Mal Ga Ma», «Leo es pardo», «Na-da») parecían definir la personalidad lúdica, irónica, de un artista que estaba predestinado a ser icono de una modernidad que perecería a la sombra del más avispado de sus compañeros de viaje, Almodóvar. Zulueta se retiró, pero nadie duda, a estas alturas de curso, de que el cine español de la transición sería muy distinto sin sus cortos, sin sus carteles, sin ese «Arrebato» que perdura como la obra maestra más insólita e insolente de la historia de nuestro cine.
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